Tengo un amigo nuevo.
Habita en una amiga de mi infancia.
Hoy jugamos al chinchón.
Yo le iba ganando y me preguntó:
¿Tengo que babear para que me dejes ganar?
Nos reímos como si tuviéramos nueve años.
La casita obrador tiene una "ventanita heladera", dijo mi hermano y me explicó: cuando la abras va a correr viento frío. No importa el calor que haga, abrís esa ventanita y corre el viento que viene desde el mar y que atraviesa el bosque de pinos. Así que, desde ahí, siempre vas a tener aire frío.
Sería como la "ventanita dispenser", pienso recordando cuando Max (mi hijo pequeño) bautizó como "dispenser de aire" a una ventanita de nuestra casa, en Buenos Aires. Esa casa que ahora, desde acá, me parece tan ajena y distante.
Camino por la ancha Avenida 1, arrastrando la arena mojada, rumbo a la casita. Por la mañana llovió otra vez y en algunos tramos se complica el acceso. Pero me encanta la soledad de este lugar, el olor a pino, el sonido del mar.
Escucho detrás de mí un galope que se va acercando. Es una zona de muchos caballos, están por todas partes, eso también me encanta.
En pocos segundo, ginete y caballo pasan por mi lado. El hombre dice buenos días, respondo tarde porque me tomó de sorpresa, pero sé que me escuchó. Es la falta de costumbre, los días del silencio.
El hombre, de unos sesenta años y buen porte, está vestido con el atuendo típico de los gauchos: bombacha de campo con faja, alpargatas, camisa con una especie de corbatín o pañuelo que no alcanzo a distinguir, y una boina clásica. No lleva poncho, hace calor.
Enseguida me saca la delantera, sigo su trayectoria con la mirada. Entra y sale de los amplios patios de las casas, como custodiando.
Los terrenos son enormes y con mucha vegetación: pasto, yuyos, árboles, abrojos, por todas partes. El hombre sale nuevamente a la calle y avanza hasta donde la avenida se corta. Dobla y lo pierdo de vista, pero todavía escucho los cascos de su caballo, resonando en la distancia.
Cuando están volando
Creen que sus alas
Siempre estuvieron ahí
Acá está lo real. Es un pensamiento que me invade mientras mi vista se pierde en la vegetación del patio de la casa de mi hermano. ¿Se le puede llamar patio a esta enorme extensión de tierra y pasto salvaje? ¿O se le dice, simplemente, terreno? Le queda mejor terreno, eso es indudable. Patio es una palabra que no alcanza a abarcarlo. Además, acá no hay paredes medianeras. El terreno de la casa de mi hermano está separado del vecino por una flaca y larga soga de nailon, que en algunos tramos desaparece entre los yuyos.
Esto es lo real, pienso, sentada sobre un palet rodeado de pasto y abrojos. Siento el calor del sol y la brisa fresca que viene del mar y que atraviesa el frondoso pinar que delimita la vista. Las cotorras chillan como locas y las tres gatas de la casa merodean a mi alrededor. Acá está lo real. Lo pienso con el entusiasmo de quien acaba de hacer un descubrimiento maravilloso.
El brillo contrasta con la opacidad de las maderas roídas.
Me llama.
Arrastro los pies por la arena húmeda. No sé si soy yo quien empuja el agua cuando llega o si es el agua la que me empuja a mí.
A medida que me acerco, el brillo se multiplica. Se convierte en montones de estrellas distribuidas entre los muchos pilotes que sostienen el muelle, hundidos en la arena y que se internan en el mar.
Me apuro, pero no demasiado. Aunque quiero saber, no quiero que se desvanezca el misterio.
Pero es inevitable: llego.
Las estrellas ahora son chapitas rectangulares. Algunas de bronce, otras de aluminio, otras no sé.
Recordatorios que dicen: "A Luz. Te amaremos por siempre. A 10 años de tu partida. 15/9/78". O: "Jonio", con una cruz tallada de puntitos.
Me provocan curiosidad y angustia. Son muchas. ¿Por qué están ahí? Nunca adivinaría sus historias.
Avanzo hasta donde dejo de hacer pie. Lleno mis ojos con sus nombres clavados debajo del muelle, en los pilotes de madera podrida.
Leo todos los que puedo. Sus nombres de sal. Lamidos por el agua cada vez que crece el mar.
¿Cómo era?
Pienso una palabra:
Hambre.
Hambre de palabras.
Pero las palabras se esconden de mi hambre.
Siento el malestar.
Mi estómago rugir.
Tal vez ahí esté el secreto del dolor.
En las palabras que me faltan.
Escribir de noche es intentar.
Calmar el hambre.
¿Quién sos? ¿Grecia Colmenares?
Me preguntó mientras se vestía.
No sé quién es. Respondí escondiendo la cara.
¿En serio no sabés? Dijo con esa media sonrisa que.
Un rayito de sol entró por la ventana y me llevó.
A la mesa de la cocina mientras mi mamá planchaba.
El mate siempre humeante esperando sus manos.
Y en la tele la novela de la tarde.
Su beso me trajo de vuelta.
Peiné mi llovido pelo largo.
Pinté mis labios de rosa suave.
Lloré otra vez.
Más Grecia no se consigue.
Pienso la vida como capas
no sé cuánto tardan en caerse
¿Cuántas capas duró la infancia?
Cayeron muchas ya
y de cada una me olvidé
Intento recordar el tiempo
de las burbujas, las escondidas,
los rosales de mamá
¿Cuánto duró?
Sólo vuelve a mí un tallo seco
fragmentos descoloridos
evidencias de nada
Sé que me crecieron hojas después
envainadas, alargadas, fistulosas
Y bailé
Y bailé
No recuerdo más nada