martes, 8 de enero de 2019

La recepcionista


Trabajar es cosa seria.
Y no todo lo que hace la recepcionista 
es poner carteles y abrir la puerta.

También publica boludeces en el blog.





domingo, 16 de diciembre de 2018

De arena y sal

Caminé con él por el muelle
mientras me contaba su versión de la historia.
Dijo que te fuiste sola.
Me llevó hasta el borde
adonde las olas ya llegan rotas
y la luna se escondió
para no ver nada.
Su voz se volvió filosa, amenazante como el mar
y el muelle se convirtió en un monstruo
de garras acuosas.
Se puede tirar a alguien desde acá –susurró–
dejar que se rompa contra las rocas
que se lo coman los peces, ¿sabés?
y nunca
nadie
se va a enterar.
La brisa marina se llevó sus palabras.
Y mi boca se llenó de arena y sal.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Tienes un e-mail

3.20 de la mañana, alto insomnio, 254678920 dudas existenciales (bue "existenciales")... y leyéndote.

"Y un día te topás con la esencia, la misma esencia, rebelde, irónica, que te pone de frente a un nuevo desafío, la oportunidad de volver a empezar y por Dios que quisiera hacerlo bien, pero claro, no sé cómo... así que, para variar, tiro la toalla, cuelgo los guante, me hago bicho bolita y lo dejo pasar..."

No sé si fue ese párrafo o Avril Lavigne de fondo -o probablemente ambas- lo que hizo que sintiera, o escuchara, o que leyera.
Porque uno en ese momento se da cuenta -no hacen falta más palabras rotas- ahí pasó algo, algo triste, que dolió.
Y si tan sólo algunas heridas pudieran cerrarse con sal...

Que sepas, que acá -aunque lejos- alguien te lee con atención.



                                                                                                                                       2010

jueves, 6 de diciembre de 2018

Viernes 30 de enero, 31°C

No era un viernes para quedarse en casa. Era el primer viernes sin los chicos. Sola.
Tomé el tren sin pensar adónde; tenía un libro y con eso me alcanzaba. En un tris llegué a Retiro. Caminé por el andén hasta salir de la estación y crucé a la plaza. No sabía bien qué hacer y dejé al calor decidir por mí: me paré debajo de la sombra de un árbol gigante. En ese tiempo fumaba de día aunque hiciera calor y fumaba en la calle aunque estuviera sola. Así que me quedé ahí parada y encendí un cigarrillo. Un hombre, que nunca supe de dónde había salido, se acercó y sin ningún preámbulo me invitó un café, no esperó a que responda y agregó que era mozo de la pizzería de la esquina –como si eso le diera credencial de inofensivo–, ésa, señaló mientras decía: la más importante. Miré de reojo, era conocida, apagué el cigarrillo y me quedé muda, estática. Insistió y redobló la apuesta. Dijo que por ahí cerca había un hotel, y que después del café podríamos ir a charlar un rato. Me dio repulsión. Estaba enojada más que asustada, pero no se veía gente por el lugar así que no me animé a nada. Como vio que seguía callada me hizo una promesa: después del hotel te voy a comprar un par de zapatillas, de esas altas, de las que tienen colores llamativos y resortes en la parte del talón. Nunca supe de qué me hablaba. Pasó una pareja y aproveché para irme. Nunca más volví a fumar de día, mucho menos sola y en un espacio público. Nunca más volví a ese lugar.
¡¿Zapatillas con resorte?! Confieso que me reí.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Viaje en tren

El hombre que estaba sentado al lado mío no dejaba de moverse, parecía que quería llamar la atención. Primero le dio charla a la mujer con el ambo de enfermera que estaba sentada enfrente, le preguntó algo sobre su perro y la falta de calcio. La mujer le contestó amablemente y enseguida se calzó los auriculares.
El hombre siguió con los movimientos inquietos, y su pregunta me agarró distraída, quería saber cómo se llamaba el libro que había guardado. Me costó entender de qué hablaba, me costó acordarme el nombre del libro, me costó acordarme de que tenía un libro. 
El periodista y el asesino, le contesté, mirándolo de reojo y con la sorpresa sonando en los labios. 
Me miró un rato y volvió a lo suyo: tamborilear los dedos, jugar con los cierres de la mochila… y a la carga otra vez. Ahora quería que le cuente de qué se trataba. Pensé que el viaje lo aburría o que no quería dormirse y me presté a la charla. Esta vez lo miré de frente: era un hombre joven, morocho, lindo rústico y tenía ropa azul de trabajo.
La conversación no dio para mucho, un par de chistes tontos sobre quién había sobrevivido en la historia del libro y nada más.
Así que seguí en la mía, escuchando conversaciones que no me interesaban y él siguió con esos movimientos que me intranquilizaban. 
Pasaron las estaciones. Llegué a mi destino y cuando me estaba levantando sentí su mirada. Me giré, lo miré, y estúpidamente le prometí que la próxima vez que nos cruzáramos le iba a contar el final.
Sonrió y me dijo chau.
Me bajé. Algo sonó en mi cabeza, algo me resultó familiar.
El tren arrancó y desde el andén lo vi mirarme por última vez. Lo vi mirándome fijo y con los labios apretados.