viernes, 13 de enero de 2017

Más allá de sus prejuicios.



“Sé que vives con la exactitud de la desesperación”  
Yann André

Nadie más que Yann Andréa pudo haber leído mejor el alma de Marguerite Duras.
Si hay un libro que me angustia es éste. Y escribir sobre él es intentar (inútilmente) calmar esa sensación. A la que siempre vuelvo.

El libro M.D. (Marguerite Duras) de Yann Andréa, escritor francés, no narra una ficción, narra el amor y la aflicción vivida en un refugio (¿prisión?) donde ellos habitaban junto a las palabras y el alcohol. A Marguerite le dolía el mundo y lo decía así: “El mundo es atroz, no puedo soportarlo, no vale la pena.”
Yann, 38 años menor que ella, cuenta en este libro la peor etapa que pasó junto a la mujer que amó: A los 68 años, Marguerite ingresó internada en un hospital para someterse a una crudísima cura de desintoxicación de alcohol. Fueron cinco largos meses, durante los cuales Yann vivió asido al pánico de que a su amada se la arrebate la muerte.
Los lectores somos seres curiosos y siempre, siempre, queremos más. Por eso investigamos arduamente sobre la vida de los que nos seducen con sus historias, con sus palabras. Y después de dejarme seducir por Marguerite, busqué, quería saber más, y encontré demasiado. Lo encontré a Yann.
No esperaba tropezarme con tanta intensidad cuando me encapriché con este libro y emprendí la búsqueda, escrito por quien fue su secretario y compañero inseparable durante muchos años. Hay tanta intimidad que por momentos me avergüenza leer, y sin embargo no pude, no quise, parar hasta el final.
En cada palabra que le dedica Yann hay verdadera arrobación.
“Leo en voz alta para merecerte”, dice, y me desmayé. Por supuesto habla de los escritos de Duras, ya que, desde que la conoció, no le a nadie más.
Durante el proceso de rehabilitación Marguerite deliraba, no podía contar historias como cuando estaban en la casa: ella creaba en voz alta y, mientras la historia se iba produciendo delante de los ojos de Yann, él transcribía al papel cada palabra.
Durante el período en que Marguerite padeció la abstinencia provocada por el alcohol, Yann padeció la abstinencia de su amada. Me apena. Me apena, no la historia que con tanta devoción cuenta el enamorado, me apena el enamorado. Ya no voy a leer a Marguerite con los mismos ojos nunca más (mentira). Pero es que un poco duele, convirtió al niño de ojos grises en su personaje fetiche preferido, en su esclavo.
“Sin mí tú no eres nada” le dijo antes de morir, ¡Ay, Marguerite!
No sé, ella también lo amaba, dos soledades se encontraron y fue intenso, devastador.
                                                                                                                                                                                                                                     Eme.               


 “Me ha ocurrido esta historia a los sesenta y cinco años con Y. A., homosexual. Es sin duda lo más inesperado de esta última parte de mi vida, lo más terrorífico, lo más importante".    
Marguerite Duras.


sábado, 7 de enero de 2017

Cuidado con el lobo

Caminar siempre por el medio de la calle
(aunque la noche sea oscura, cerrada)
Mirar siempre a los costados
(aunque la lluvia moje la cara)

De atrás de un árbol puede salir alguien
(y los truenos no me dejan escuchar)

Sufra y aguante, sufra y aguante...
(repetir el mantra de mamá)

                                                  Llegar a casa.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Y todo se va desvaneciendo

Se desvanece el miedo
en el ritmo cansado de tu voz,
en tu mirada trágica y serena,
en tus manos firmes que me aprietan,
                                      que no sueltan.

                    Huele a recuerdo, a lluvia y madrugada.

domingo, 20 de noviembre de 2016

ideas que no


Hacer equilibrio sobre el aire que queda entre el punto y la próxima oración.
Esperar suspendido (anhelante) en una idea imprecisa que fracasa.
Rodar renglones abajo. No ser.

                                                Habitar (para siempre) ese espacio que no existe.


 
                                                                                                                                                                       .

jueves, 17 de noviembre de 2016

Imaginar

El ronronear mimoso del cerebro trabajando, 
los ojos fijos en la pantalla,
       tus manos seguras sobre el teclado.
                                      Huele a café.

                                                                                   Imaginar.