viernes, 19 de mayo de 2017

Desafío

Un balanceo hipnótico entre la osadía y el miedo
(me animo no me animo, me animo no me animo).

Entregarse al dulce vaivén.
Animarse a saltar.
Y caer.


miércoles, 25 de enero de 2017

De mis amores. Por: Andros

Siempre me da alegría recibir un nuevo texto para compartir. Desde Chile hoy escribe: Andros (clic). Los dejo con él:    

De mis amores

Amo a Monica Bellucci porque aunque tiene ya sus arruguitas, es la mujer por antonomasia y una delicia a la vista y supongo que al tacto. Y al olfato y al oído. Y al gusto, claro. Amo al escritorio sobre el cual, después de las seis de la tarde, trabajo en mi Mac en los asuntos que me mueven. Amo recientemente (porque aparte de ser sexy sin necesidad de mostrar nada del cuello hacia abajo) a Megan Fox, más desde que supe que es amable y muy acomplejada. Amo a Loreena McKennitt porque me entreabre la puerta para que mire atrás y no olvide del todo al país del que me vine por mi esposa a la que amo, intensamente profundamente locamente, eternamente; amo amarla después del amor. Amo a mis hijas, sorprendido y feliz, por completo agradecido y estresado. Amo a mi madre, siempre admirado, siempre Pilar, siempre camarada. Amo al que oficia, en mi vida, de papá. Lo salvaría a él. Amo a la música, desde Vivaldi hasta Wisin, desde Eminem hasta Satie, desde Chambao hasta Jarabe. Amo a Dios, según lo concibo (a veces con mi frente en tierra, a veces con mi puño en alto). Amo a mi perra, por los muchos recuerdos compartidos, por no soltar la pepa, por los años que roncó a mis pies. Amo crear, comer, dormir. Amo fleta y secretamente a Paul Giamatti, John Cusack y sobretodo a Bruce Willis. Amo los chocolates Trencito en verano, cuando vienen medio blanditos. Y la pizza de pollo del Catus, y la napolitana que por algo es la más pedida. Amo escuchar “La Mañana de Pablo Aguilera” la primera parte de cada jornada. Amo la Teletón que alguien algún día inventará para ayudar también a los discapacitados cognitivos. Amo a Chile, no tanto como para dar mi vida, pero igual. Amo las rutinas, porque como buen obsesivo-compulsivo las necesito para hacer lugar para otros pensamientos. Amo la memoria de mi niñez, tan cubierta por mis abuelos y por la Nina. Amo al tío Pachi, aunque no sea un ejemplo de vida, y lo amo precisamente porque lo conozco y se conoce él mismo y cuando ora es humilde de verdad. Amo la precisión, la simetría, el orden y los días bien trabajados. Amo la libertad dentro de mi cubo; las frases luminosas y breves y la perfección del rostro de Mary Elizabeth Winstead, que aguanta cualquier close-up. Amo la luz tenue de una vela y compartir un té contigo en nuestro dormitorio, bien conversado, y amo dormir después a tu lado todos los días de mi vida. Amo a Wikipedia, pero también a las enciclopedias de papel que nos dieron la base que pudieron. Amo estar en el sillón café con la luz apagada (y la tele aun más apagada) mientras mis sindicalistas me buscan para pedirme cualquier cosa, sin que sepan que estoy ahí, tranquilito tranquilito. Amo el jugo de manzana, cocida o cruda, más incluso que a la Coca-Cola y tanto como al té con canela y limón y con menta de la huerta de Pilar. Amo Internet, en especial cuando es el medio desde el cual se genera una buena conversación offline, en la Fuente Alemana, frente a un buen diplomático con su regia leche con plátano. Amo mi iPhone y amo el cuerpo de una mujer, con todo lo que ofrece. Amo los consomés de pollo cuando es de noche y hace frío, y los tallarines con carne picada pero, cuando se puede, amo más derechamente la lasaña. 
                             
                                    ¡Muchas gracias y bienvenido!
                           


 

viernes, 20 de enero de 2017

Matilde debe morir - Cristian Acevedo.

Libro nuevito. Autor contemporáneo. Ambos de acá.

Me lo leí en patas, como corresponde. Me divertí muchísimo con las ocurrencias del autor.
Me divertí y me inquieté también.  
Pero sobre todo disfruté un montón leer.
Me sorprend la forma en que está escrita la novela, el autor es un mandón y le habla directamente al lector, que  se ve obligado a ser un personaje si quiere seguir. Está narrada en segunda persona y... basta, no voy a contar más.
 
Me lo releí en patas y con un lápiz en la mano, porque tenía que volver y subrayarlo todo. Porque está lleno de frases de esas,  de las que no pueden estar escritas mejor, de las que hay que subrayar: por simples, por ciertas.

Tomo un fragmento del texto que escribió Adrián Granato sobre Matilde debe morir, yo no podría decirlo mejor: 

"Cristian Acevedo no va a lo seguro: se arriesga. "Matilde debe morir" agarra al lector de los hombros y lo obliga a tomar decisiones, a hacerse cargo. Desde el primer capítulo las cosas quedan claras: usted va a ser partícipe necesario de esta novela. Será uno más en ese bar de Charcas y Armenia. Será testigo —¿o el asesino?— de un homicidio.
Todos los días, Matilde entra a ese bar a escribir. Y después leerá en voz alta, y nos iremos enterando de situaciones ficticias o no, que irán creando una madeja de suposiciones.
¿Quién es Valentín? ¿Quién es el bigotudo de la mesa 2? Y lo más importante: ¿quién es Matilde, y por qué debe morir? ¿Somos conscientes de nuestros actos, o el destino ya está marcado y somos arrastrados a un final perverso?

La respuesta está ahí, en el mismo libro —¿o es una pesadilla en forma de libro?—, y sólo espera que des vuelta la última página.
Arriesgate. El camino es entretenido."   


Clic acá y allá: Matilde debe morir   Cristian Acevedo  @CristianAcv

                                                         Bueno, nada, uno de esos libros que me encantan. 


Título: Matilde debe morir 
Autor: Cristian Acevedo.
  • Editorial:Barenhaus

  • ISBN: 978-987410903-3

  • Páginas: 144

  • Idioma: Castellano

viernes, 13 de enero de 2017

Más allá de sus prejuicios.



“Sé que vives con la exactitud de la desesperación”  
Yann André

Nadie más que Yann Andréa pudo haber leído mejor el alma de Marguerite Duras.
Si hay un libro que me angustia es éste. Y escribir sobre él es intentar (inútilmente) calmar esa sensación. A la que siempre vuelvo.

El libro M.D. (Marguerite Duras) de Yann Andréa, escritor francés, no narra una ficción, narra el amor y la aflicción vivida en un refugio (¿prisión?) donde ellos habitaban junto a las palabras y el alcohol. A Marguerite le dolía el mundo y lo decía así: “El mundo es atroz, no puedo soportarlo, no vale la pena.”
Yann, 38 años menor que ella, cuenta en este libro la peor etapa que pasó junto a la mujer que amó: A los 68 años, Marguerite ingresó internada en un hospital para someterse a una crudísima cura de desintoxicación de alcohol. Fueron cinco largos meses, durante los cuales Yann vivió asido al pánico de que a su amada se la arrebate la muerte.
Los lectores somos seres curiosos y siempre, siempre, queremos más. Por eso investigamos arduamente sobre la vida de los que nos seducen con sus historias, con sus palabras. Y después de dejarme seducir por Marguerite, busqué, quería saber más, y encontré demasiado. Lo encontré a Yann.
No esperaba tropezarme con tanta intensidad cuando me encapriché con este libro y emprendí la búsqueda, escrito por quien fue su secretario y compañero inseparable durante muchos años. Hay tanta intimidad que por momentos me avergüenza leer, y sin embargo no pude, no quise, parar hasta el final.
En cada palabra que le dedica Yann hay verdadera arrobación.
“Leo en voz alta para merecerte”, dice, y me desmayé. Por supuesto habla de los escritos de Duras, ya que, desde que la conoció, no le a nadie más.
Durante el proceso de rehabilitación Marguerite deliraba, no podía contar historias como cuando estaban en la casa: ella creaba en voz alta y, mientras la historia se iba produciendo delante de los ojos de Yann, él transcribía al papel cada palabra.
Durante el período en que Marguerite padeció la abstinencia provocada por el alcohol, Yann padeció la abstinencia de su amada. Me apena. Me apena no la historia que con tanta devoción cuenta el enamorado, me apena el enamorado. Ya no voy a leer a Marguerite con los mismos ojos nunca más (mentira). Pero es que un poco duele, convirtió al niño de ojos grises en su personaje fetiche preferido, en su esclavo.
“Sin mí tú no eres nada” le dijo antes de morir. ¡Ay, Marguerite!
No sé, ella también lo amaba, dos soledades se encontraron y fue intenso, devastador.
                                                                                                                                                                                                                                     Eme.               


 “Me ha ocurrido esta historia a los sesenta y cinco años con Y. A., homosexual. Es sin duda lo más inesperado de esta última parte de mi vida, lo más terrorífico, lo más importante".    
Marguerite Duras.


sábado, 7 de enero de 2017

Cuidado con el lobo

Caminar siempre por el medio de la calle
(aunque la noche sea oscura, cerrada)
Mirar siempre a los costados
(aunque la lluvia moje la cara)

¡De atrás de un árbol puede salir alguien!
(y los truenos no me dejan escuchar)

Sufra y aguante, sufra y aguante...
(repetir el mantra de mamá)

                                                  Llegar a casa.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Y todo se va desvaneciendo

Se desvanece el miedo
en el ritmo cansado de tu voz,
en tu mirada trágica y serena,
en tus manos firmes que me aprietan,
                                      que no sueltan.

                    Huele a recuerdo, a lluvia y madrugada.

domingo, 20 de noviembre de 2016

ideas que no


Hacer equilibrio sobre el aire que queda entre el punto y la próxima oración.
Esperar suspendido (anhelante) en una idea imprecisa que fracasa.
Rodar renglones abajo. No ser.

                                                Habitar (para siempre) ese espacio que no existe.


 
                                                                                                                                                                       .