domingo, 16 de diciembre de 2018

De arena y sal

Caminé con él por el muelle
mientras me contaba su versión de la historia.
Dijo que te fuiste sola.
Me llevó hasta el borde
adonde las olas ya llegan rotas
y la luna se escondió
para no ver nada.
Su voz se volvió filosa, amenazante como el mar
y el muelle se convirtió en un monstruo
de garras acuosas.
Se puede tirar a alguien desde acá –susurró–
dejar que se rompa contra las rocas
que se lo coman los peces, ¿sabés?
y nunca
nadie
se va a enterar.
La brisa marina se llevó sus palabras.
Y mi boca se llenó de arena y sal.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Tienes un e-mail

3.20 de la mañana, alto insomnio, 254678920 dudas existenciales (bue "existenciales")... y leyéndote.

"Y un día te topás con la esencia, la misma esencia, rebelde, irónica, que te pone de frente a un nuevo desafío, la oportunidad de volver a empezar y por Dios que quisiera hacerlo bien, pero claro, no sé cómo... así que, para variar, tiro la toalla, cuelgo los guante, me hago bicho bolita y lo dejo pasar..."

No sé si fue ese párrafo o Avril Lavigne de fondo -o probablemente ambas- lo que hizo que sintiera, o escuchara, o que leyera.
Porque uno en ese momento se da cuenta -no hacen falta más palabras rotas- ahí pasó algo, algo triste, que dolió.
Y si tan sólo algunas heridas pudieran cerrarse con sal...

Que sepas, que acá -aunque lejos- alguien te lee con atención.



                                                                                                                                       2010

jueves, 6 de diciembre de 2018

Viernes 30 de enero, 31°C

No era un viernes para quedarse en casa. Era el primer viernes sin los chicos. Sola.
Tomé el tren sin pensar adónde; tenía un libro y con eso me alcanzaba. En un tris llegué a Retiro. Caminé por el andén hasta salir de la estación y crucé a la plaza. No sabía bien qué hacer y dejé al calor decidir por mí: me paré debajo de la sombra de un árbol gigante. En ese tiempo fumaba de día aunque hiciera calor y fumaba en la calle aunque estuviera sola. Así que me quedé ahí parada y encendí un cigarrillo. Un hombre, que nunca supe de dónde había salido, se acercó y sin ningún preámbulo me invitó un café, no esperó a que responda y agregó que era mozo de la pizzería de la esquina –como si eso le diera credencial de inofensivo–, ésa, señaló mientras decía: la más importante. Miré de reojo, era conocida, apagué el cigarrillo y me quedé muda, estática. Insistió y redobló la apuesta. Dijo que por ahí cerca había un hotel, y que después del café podríamos ir a charlar un rato. Me dio repulsión. Estaba enojada más que asustada, pero no se veía gente por el lugar así que no me animé a nada. Como vio que seguía callada me hizo una promesa: después del hotel te voy a comprar un par de zapatillas, de esas altas, de las que tienen colores llamativos y resortes en la parte del talón. Nunca supe de qué me hablaba. Pasó una pareja y aproveché para irme. Nunca más volví a fumar de día, mucho menos sola y en un espacio público. Nunca más volví a ese lugar.
¡¿Zapatillas con resorte?! Confieso que me reí.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Whisky on the rocks

—Camarero —llamé desde mi mesa cercana a la ventana— Whisky on the rocks, por favor... ¡No! Mejor saquemos las rocas y dejemos el whisky, gracias —dije con un aire de cuarentona totalmente superada, claro que todavía no los cumplía, pero lo mismo daba treinta y pico... cuarenta.
Todavía no puedo entenderlo, ¿qué había pasado? ¿Cómo de repente las cosas marchan sobre rieles y al rato el mundo se hunde bajo mis pies?
Y allí estaba, tomando un trago, dos... quizás tres, no sé, perdí la cuenta, cuando escucho que alguien me habla.
— ¿Te encuentras bien preciosa?
Asco de tipo el que le dice a una mujer borracha “preciosa”.
— ¡Idiota! –solté— claro que no me encuentro bien, ¿acaso te parece que estoy bien? —dije babeando y decidí ver quién era el estúpido que hacia esa estúpida pregunta, y levante la cabeza como pude.
Si era él. 
Creí que el efecto del alcohol me estaba jugando una mala pasada, no podía creerlo, justo cuando todo estaba a punto de caer, aparece ante mí, tan sencillo y seductor como ya sabía que era y con aquella sonrisa bobalicona simplemente perfecta (me pegaría un tiro y después seguiría, aunque eso era poco probable).
No puede ser cierto, pensé. Mi boca no podía volver a cerrarse, mis ojos habían quedado completamente secos y si antes babea por el alcohol pues ahora... por dios, lo que era aquel tipo, no por su belleza física, pero sus gestos, sus manos, sus palabras... esas que leí durante tantos años, su pelo despeinado al natural. No lo podía creer. El tiempo se paralizo en aquel instante y creí que nunca volvería a ponerse en marcha.
—Hola, —dijo otra vez, pero ahora un poco más serio— ¿qué hace una mujer como tú en este agujero?
—No sé, ¿ahogar mis penas? 
Todo él representaba para mí un mundo fantástico, había logrado conocerlo a través de los años, tal vez décadas, en conversaciones eternas a la distancia, pero era imposible no reconocerlo, vi sus fotos muchas veces, sus escritos sobre la injusticia habían llenado mis tardes eternas, los años rotos de mi triste matrimonio, y su voz... incomparablemente única. Siempre sentí una atracción imposible de describir por su persona, tan dotado de energía y de una inteligencia que despertaba mis fantasías, no era un tipo fácil, no, todo lo contrario, un verdadero lobo estepario en carne y hueso y ese cinismo que molestaba a la gente para mí lo volvía más atractivo. Y allí estaba él, yo no sabía cómo.
De repente me volvió la lucidez.
–¿Qué haces tú aquí? —Dije con verdadero asombro.
—¿Vengo por ti?

Y ese fue el comienzo de una nueva etapa. No es que mi vida no fuese un desastre ya,
pero lo que vino después fue la locura total y absoluta.

*


Hace diez años atrás mi amigo escribía una novela y me la mandaba por mail, sin que él supiera yo iba escribiendo el revés de la trama, hoy encontré este fragmento y me divertí mucho con los recuerdos. Es lo que hay. Y lo dejo acá.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Viaje en tren

El hombre que estaba sentado al lado mío no dejaba de moverse, parecía que quería llamar la atención. Primero le dio charla a la mujer con el ambo de enfermera que estaba sentada enfrente, le preguntó algo sobre su perro y la falta de calcio. La mujer le contestó amablemente y enseguida se calzó los auriculares.
El hombre siguió con los movimientos inquietos, y su pregunta me agarró distraída, quería saber cómo se llamaba el libro que había guardado. Me costó entender de qué hablaba, me costó acordarme el nombre del libro, me costó acordarme de que tenía un libro. 
El periodista y el asesino, le contesté, mirándolo de reojo y con la sorpresa sonando en los labios. 
Me miró un rato y volvió a lo suyo: tamborilear los dedos, jugar con los cierres de la mochila… y a la carga otra vez. Ahora quería que le cuente de qué se trataba. Pensé que el viaje lo aburría o que no quería dormirse y me presté a la charla. Esta vez lo miré de frente: era un hombre joven, morocho, lindo rústico y tenía ropa azul de trabajo.
La conversación no dio para mucho, un par de chistes tontos sobre quién había sobrevivido en la historia del libro y nada más.
Así que seguí en la mía, escuchando conversaciones que no me interesaban y él siguió con esos movimientos que me intranquilizaban. 
Pasaron las estaciones. Llegué a mi destino y cuando me estaba levantando sentí su mirada. Me giré, lo miré, y estúpidamente le prometí que la próxima vez que nos cruzáramos le iba a contar el final.
Sonrió y me dijo chau.
Me bajé. Algo sonó en mi cabeza, algo me resultó familiar.
El tren arrancó y desde el andén lo vi mirarme por última vez. Lo vi mirándome fijo y con los labios apretados.
  

domingo, 11 de noviembre de 2018

Domingo 11 de noviembre, 23°C

Se me clava en los ojos la escarcha de este domingo.
Mirá si no podríamos haber estado leyendo desnudos en la cama,
riéndonos de todos los adjetivos que le pusiste de más al cuento
para que me ría y te contagie con mi risa desordenada.

Pero yo estoy acá y vos allá porque nunca entendimos nada.
La cama se llenó de etiquetas vacías, de ojos, de preguntas.
Entonces dimos los correspondientes pasos al costado
nos pusimos espalda contra espalda y nos fuimos sin decir chau.

Y ahora te aburrís porque ella no entiende de adjetivos
y te dice que tu libro es hermoso y ¡qué lindo que sos!
Y yo me aburro porque él me pide que le mande fotos desnuda
y para disimular me dice que soy una genia y que escribo re-bien.

Y mientras nos ignoramos tomamos mate con limón y torta frita.
Y se nos atraganta el silencio de este domingo lleno de espinas
y de palabras que nadie entiende y que se quedan suspendidas en el aire.
Y sin querer te mando la foto a vos y sin querer me mandás el texto a mí.

Llovizna.



viernes, 26 de octubre de 2018

Es tarde

Vuelvo de trabajar: subte, tren,
deshago el camino hasta la estación Martín Coronado,
no hay fila en la parada de taxis, me tiento,
esas diez cuadras que faltan son largas y oscuras.
Sopeso las perdidas y las ganancias, quiero llegar a casa. 
El taxista no quiere charlar y pone una de Jaf
que hace siglos no escuchaba
"ha caido mucho hielo sobre la ilusión
siento latir..."
Le escondo la cara al retrovisor.
Me arrepiento, hubiese preferido caminar.

Es tarde.

sábado, 20 de octubre de 2018

No es, se hace.


Nunca la tuviste,
ni ese primer día,
cuando en la cama ya desarmada
y escondido en el descaro,
le escribías a otra
que la ibas a buscar.



Y buee...

viernes, 19 de octubre de 2018

Viernes

Entre mate y mate
se van las risas
y las palabras.
Los intentos fallidos,
las renuncias.
Las caídas
y las levantadas.

Entre mate y mate
lo que queda
es nuestra amistad.

Powerpuff Girls!

♡♡♡



domingo, 14 de octubre de 2018

Diapositivas

Opinología Por Eme
 
Ubico la mesa frente al ventanal, acomodo el mate, el libro, un lápiz y un papel. Tengo en mis manos el poemario Ciertas horas de la primavera, de Anahí Flores (La Carretilla Roja Ediciones, 2017), que escribió durante esa estación del año 2014, cuando vivía —según sus propias palabras— a dos cuadras de la Plaza San Martín.
 
Me siento, agarro el libro y miro la tapa: es tan delicada que me remite a un haiku. Lo abro, comienzo a leer, y es como si el aroma a primavera me llegara en ráfagas de poesía, y como si el mecanismo de un reloj extraño que además de marcar números muestra diapositivas se pusiera en marcha. Solo que las diapositivas de este reloj cobran vida a ciertas horas del día, o podría decir que a horas precisas y ordenadas, ya que cada poema tiene como nombre una hora específica. Lo que no sé es si todo ocurre en un mismo día; eso es parte del misterio que encierra el libro.
 
Lo cierto es que a medida que las horas pasan y las imágenes van cambiando, percibo que Anahí es una escritora que observa el mundo que la rodea con una mirada atenta y curiosa, y que al traducir esa mirada en palabras me lleva de la mano a recorrer el barrio sobre el que está contando. Y si bien narra en tercera persona manteniéndose al margen de las situaciones (aunque sospecho que no siempre es mera observadora), su presencia se hace sentir; el barrio respira —la inspira— y ella está ahí, susurrando historias que empiezan desde muy temprano. 
 
En este recorrido mediante la lectura, todos mis sentidos están alerta. Puedo oler el miedo al atravesar un «túnel vegetal», sentir el sopor del sueño en el colectivo, o palpitar, incluso, la intimidad ajena impuesta por un viaje en subte en hora pico: «Respiran perfumes y sudores/ como secretos inoportunos».
 
Me detengo por un segundo; me cebo un mate y el gusto a yerba y limón me hace pensar en la acentuada presencia que tiene la naturaleza en el libro, ya sea de manera literal o metafórica: árboles, tierra, pinzas de cangrejo, una serpiente, un pájaro, un pez, el río, el viento, una liebre, las flores, la lluvia, el frío… estos son algunos de los elementos que componen la sinfonía poética de Ciertas horas de la primavera.
 
Y así, leyendo, las horas pasan, las diapositivas cambian y llego a un poema que encuentro muy divertido, que cuenta, en forma de sucesos desafortunados, cómo cae la tarde: todo baja, se resbala o se derrama, “y un caballo da un paso en falso”. Simplemente ¡me encanta!
Voy llegando al final, las luces de la noche se cuelan por el ventanal y el mate se enfría. Es hora de cerrar el libro y dejar que descansen el lápiz y el papel. Pero antes transcribo apenas unas líneas de uno de los poemas que más me gustaron:
 
11:55 PM
 
Una chica atraviesa la plaza.
Cae una lluvia
de flores amarillas.

Texto publicado en Qu 22, abril 2018

viernes, 12 de octubre de 2018

Seguro sucederá


Ahora, bien de noche

cuando el camino nos lleva

hacia la tormenta nomás

cuando alcanza mirarte a los ojos

para que sepas que es promesa.


Ahora, que no queda

más que esperar

que los rayos no nos alcancen

espero escucharte rogar.


Ahora, bien de madrugada

cuando pasó ya

el vendaval

pero la calma todavía está lejos.

Ahora, seguro sucederá.



Tetris de palabras robadas.


miércoles, 3 de octubre de 2018

Pesadillas = insomnio

Me hago un gorro de chef
con el papel de un diario viejo.
Tuesto el arroz antes de hervirlo
para que sepa mejor.
Tiendo el mantel de algodón amarillento
y pongo las copas de cristal de Baccarat.
Rehogo las zanahorias con
las cebollas lavadas
que quedaron de la ensalada de ayer.
Dispongo los platos de porcelana china
y los cubiertos de alpaca labrada
(recuerdos de una época
que llegué a conocer).
En el aire flota el olor de las especias:
tomillo, albahaca y laurel.
Hoy pongo cara de estamos de fiesta
y les sirvo mi plato gourmet.



domingo, 23 de septiembre de 2018

Domingo


Intento escribir una reseña pero no me sale nada. El ventanal abierto deja el campo libre para que el sol me entibie las piernas, para que entren la brisa y los insectos. También entran las voces de mis vecinos, que aprovechan el día que está lindo para limpiar, para ordenar y para no pelear. Se cuela el zumbido de una mosca y el aleteo de los pájaros que viven en el pino de la casa de atrás. Me llega el aroma húmedo del pasto recién cortado y eso me recuerda que, sobre la mesa, me espera el mate ya preparado y que también me esperan el lápiz y el papel.