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viernes, 22 de marzo de 2019

¿Buscar?



Dejar de buscar 
con la clara conciencia de que se deja 
no porque no haya, sino porque no se sabe
no es dejar de buscar, 
es darse un tiempo para saber 
que nunca cesa la angustia, 
al menos no para los esteparios... 
pero tampoco la búsqueda. 

           E. P.




Revisando borradores me encontré con este texto que guardé, era un comentario que alguien me dejó en un viejo blog y que me gustó. Lástima que ya no me acuerdo a quién pertenecen las iniciales. 

viernes, 10 de febrero de 2012

La lectora del silencio





Estaba alucinada por su silencio. No sabía qué decir, después de encontrarse con esa no-respuesta. Por otro lado era obvio que la falta de ruido quería decir alguna cosa, que la falta de palabras significaba algo. ¿Pero qué? Se quedó anonadada y huyó, simplemente. No podía enfrentarse a sus duros ojos marrones, silenciosos, como el peor de los depredadores. Para mitigar sus ansias escogió viajar. Debía darse un paseo por la ciudad para tranquilizarse, pero no quería caminar. Así que se subió al metro y viajó.
¡Cuántas cosas se dicen del silencio! Ella conocía a un autor que lo retrataba muy bien. Porque el silencio de su pareja había sido atroz, ensordecedor, terrible y había desmoronado todo su interior, mucho más que si hubiera utilizado alguna palabra. Así lo explicaba Kafka.
“Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio.”  
Cuando ella le había pedido sinceridad absoluta él había contestado con silencio. Cuando ella le había pedido fidelidad, él había guardado las palabras detrás de sus labios cerrados. Cuando ella le preguntó vanamente, sumida en una tristeza inconmensurable, si todavía la quería, él había mantenido el silencio.
Silencio absoluto y mirada penetrante. Así decía Kafka que las sirenas miraban a Ulises. “En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez por el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises.”
¿Qué clase de maldad le llevaba a hacerle eso? ¿Es que realmente no quedaba nada de la felicidad que habían compartido? ¿Es que todos esos recuerdos que desfilaban por su memoria no valían nada? Las caminatas por Paseo de Gracia, el bar de las Hadas, las noches de verano a la luz de las velas, los teleféricos a Montjuic, las tardes de otoño en el Parque Güell…Quizás fuera otra la hipótesis que tuviera que tener en cuenta.
“Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo.”
¿Estaría sólo ella convencida de que ese silencio tenía un significado? ¿Sería su locura la que se desataba a partir de la falta de palabras, de la falta de acciones? ¿Qué clase de estúpida sería si fuera así?
¡Pero eso no podía ser! Ella estaba segura, tenía unas pruebas, unos patrones, LE conocía. Sabía que no podía ser un fruto de la casualidad y que su reacción no era desmesurada. Había huido para no enfrentarse a ese silencio desolador, como Ulises, que se había encadenado y tapado las orejas para no escuchar a las sirenas. Pero, oh, cuánto deseó ser el griego en ese momento, porque se sentía navegar también, pero por un mar de incertidumbre, de bóvedas encriptadas que tenía la ligera noción de entender y la desconcertaban aún más. Se sentía encadenada ante la visión de un espectáculo cuanto menos grotesco e hiriente, mucho más que la descomunal danza de las sirenas, la vida misma, el amor mismo, caótico como es, terrible, desequilibrado, lleno de locura y movimiento.
Acabó de leer la última parte del cuento mentalmente, sabiéndoselo ya de memoria:
“Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.”
¡Cuánto deseó poder ser como Ulises entonces!

                                                               [[  Walter Germán van Diest.-  ]]


Me encantaaa... y aunque podría quedarme pensando en alguno de los silencios que enfrenté (enfrento) en mi vida, sencillamente no quiero, su belleza me cautiva. Este relato me transporta, me lleva a pasear, me sumerge en un cuento, por unas calles, entre leyendas y mitos, gracias Walter, otra vez!  Espero lo disfruten como yo, déjense llevar...

jueves, 12 de enero de 2012

Bendita inspiración




‎
Cualquiera le dijo a todo el mundo:

Trata mi cuerpo como a la página de un libro.
Léeme,
lee mis expresiones, mis cejas, mis labios, mi lengua al hablar.
Mis ojos. Entiéndelos. No digas nada. Y así dilo todo en esa página.
Escribe tu historia, soy un espejo. Soy la página en blanco que siempre queda.
Esa cara totalmente nueva sobre la que puedes escribir.
Haz y deshaz.
Escribe aquello que quieras, dibuja, tacha, rompe y vive. Expresa tus emociones.
Interprétate.
Ve lo más profundo de ti en mi hoja.
Soy cualquier libro que hayas leído. Soy cualquier libro que hayas escrito.
Soy tú fuera de ti. Enséñate a ti mismo.
No temas.
Pero bueno, ten en cuenta que sólo soy una página.
Si escribes demasiado rápido, o la llenas de algo que no te gusta, me gastaré.
No querrás ver lo que has hecho, ni habrá más espacio para que lo arregles.
Pero hasta entonces tienes tiempo.
Aprovéchalo.
 
    [[ Walter G. van Diest ]]


Lo que puede sugerir una frase... ¡Me encanta!

 

"Trata mi cuerpo como a la página de un libro" frase de la película The Pilow Book

 


lunes, 14 de noviembre de 2011

La lectora frente al mar





Texto escrito para "La lectora en la ciudad" en una situación muy extraña (que explico a continuación) la entrada en su blog es con foto y todo: Por acá. 

"Sentada en la orilla del mar, la lectora intenta sumergirse en el libro que tiene en sus manos, pero cada vez que el agua se va, se lleva con ella todas las palabras y cuando el mar regresa a besarle los pies le devuelve las letras desordenadas."

* me desperté una mañana, 5.30 hs. como siempre, y antes de poner la pava tuve el impulso de escribirlo, pasó media mañana y se me ocurrió mandárselo a La lectora que hacía un tiempo me había invitado a participar en su blog y no me animaba. Lo transcribo al mail, le pongo en el asunto "lo que salió" doy enviar y listo. Al recibir la respuesta me sorprendo, no solamente porque me dijera: "me encantó!!!" sino que además me cuenta que justo estaba en Rio de Janeiro disfrutando la tarde en "la praia de Copacabana", una linda coincidencia.
El texto tiene más historia que palabras, gracias a La lectora  que además de mandarme inspiración vía aérea lo compartió en su blog... y por ponerle nombre! que a mi se me olvidó  :)