viernes, 25 de mayo de 2012

Desde un blog vecino - Terminado!!

Cuento Colectivo 5


                   OJALÁ QUE NO NOS VEAMOS NUNCA MÁS

Primera parte
Marilú Cristián

Fragmentos de subte.
“…no, boluda, ¡así no va!, o sea, yo respeto al que piensa distinto, todo bien, pero eso conmigo no… entonces le dije: flaco, escuchame, todo bien con que salgas con tus amigos, pero que vuelvas a las 10 de la mañana tan borracho que te tenga que sostener, no, ¿entendés?…”
“… hecho mierda, y para colmo el miércoles avisaron que estas horas extra son obligatorias y que al que no se quede se las van a descontar del sueldo, ¿podés creer, estos hijos de puta? ¡Horas extra obligatorias! Pero viste como es, hay que agachar la cabeza y cuidar el laburo…”
“…es una vergüenza. Esa chica siempre fue un dolor de cabeza para los padres, desde que era bebita. Y eso que en su momento yo les dije, por supuesto que sin ánimo de ofenderlos, sino para evitarles disgustos… yo les dije: miren que estos chicos adoptados del interior sólo traen problemas…”
Aunque tengo los ojos clavados en el libro que en vano trato de leer, puedo imaginarme las caras, los gestos, las miradas y las intenciones de la gente que, como yo, viaja enlatada de aquí para allá puteando y odiando y sufriendo bajo las máscaras de la falsa fortaleza, la falsa dignidad, la falsa solidaridad y la falsa ingenuidad. Al fin y al cabo, que somos una manga de ratas cobardes y sadomasoquistas que vivimos de prestado mucho más tiempo del que nos merecemos.
Cierro el libro y levanto la vista de golpe. Me duele la cabeza y mi paladar mata por una cerveza helada. Miro alrededor, entorno los ojos. Cuando el traqueteo rítmico y el ruido atronador del subte me lo permiten, más fragmentos. Más de lo mismo.


-… no, nadie nadie, sólo vos y yo, nadie más. Y él, obvio…”
-¿Pero ya se llevan viendo cuánto? ¿Tres años?
-Sí, maso.
-¿Y Facundo no sospecha nada de nada?
-¡No, nada! Por eso, me tenés que hacer la gamba, boluda. Te juro que es la última.
-Ya me dijiste eso las últimas cuatro veces que te cubrí… por favor, Vane, si se llega a enterar Diego me pega una patada en el orto.
-¡No va a pasar nada, Kari, te lo juro! Aparte, cualquier cosa me mandás al frente y yo me arreglo con Diego. ¡Dale, por fa! Vos sabés el tiempo que hace que Nacho y yo nos queremos hacer una escapadita… sería nuestra luna de miel, por fa…
-Sí, ¡luna de miel con tu novio esperándote en tu casa!
Las dos chicas ríen en susurros. Están paradas justo al lado de mi asiento. “Vane” es petisita, pelirroja y algo entrada en carnes. Viste un jean suelto y una remera ajustada. Su cartera, a la altura de mi cabeza, está inclinada y semiabierta. Dentro, atisbo una billetera, una birome, un celular, y otras cosas que no distingo. “Kari” también es petisita, pero a diferencia de su amiga, es morocha y algo falta de carnes. Lleva una especie de túnica hindú que le sienta muy bien, y luce dos piercings en la ceja izquierda. Ya estaban hablando de lo que estaban hablando cuando subieron al vagón y se ubicaron junto a mí.
Observo sus miradas cómplices y no trato de disimular mi sonrisa amarga. Otra zorra que engaña al novio. Otro pobre infeliz que confía, la espera y se la coge. Como la zorra de Anabela y el pobre infeliz de Marcos, o sea, yo.
El subte, próximo a una estación, comienza a frenar. Las dos amigas se dirigen a la puerta y por un momento las sigo con la mirada. Sus voces se diluyen.
De pronto algo llama mi atención. En el piso, en el lugar donde estaba parada Vane, hay un celular. Su celular.
En un movimiento veloz, lo agarro y me lo guardo en el bolsillo. Nadie me ve. Espero a que el subte reanude la marcha y sólo entonces lo saco, lo abro, y leo.
Todo, todo está ahí.
Sonrío para mis adentros. Anabelas de este mundo, llegó la hora de la venganza.

Segunda parte
Walter van Diest

Sopeso durante unos segundos lo que haré. Me imagino la situación lentamente, casi regodeándome en ella. Miro por la ventana y veo pasar los cables sumergidos en una inmensa oscuridad. Se anuncia la próxima parada. No es la mía, pero quiero bajarme. No tengo nada mejor que hacer en esos momentos que tomarme una cerveza en alguno de los bares de la zona y mirar ese celular. Podría llegar a ser muy divertido. Con una mueca un tanto maquiavélica me bajo junto a decenas de personas.
Empujones, roces, manos que chocan con brazos, torsos y hombros. Gente que baja, gente que sube, gente que no se sabe qué carajo quiere hacer pero está en el medio igual. Voces, música muy alta de los auriculares de un MP3, celulares, caras dormidas, demacradas, serias, risas, júbilo, jóvenes emocionados, capuchas blancas, negras, rojas, paraguas cerrados, humedad, ruido, mucho ruido. Y lo peor. Calor.
Consigo librarme de la presión de los primeros pasos y me siento incluso algo desorientado. Sigo a la gran masa que se dirige en manada hacia la salida. No miro los carteles. La luz es muy fuerte. Bien blanca en algunas partes y un tanto amarillenta en otras. Alguien canta en compañía de una guitarra. Los rasgueos se difuminan entre el mar de zapatos pisando el cementoso suelo y la orquesta de costuras de pantalones y abrigos sonando. Me preparo para pasar por el molinete. El calor se acentúa al llegar a esa frontera, esa aduana imaginaria por la que cientos de personas quieren entrar y otras tantas salir. Me siento en tierra de nadie. Llega mi turno en una cola irregular.
Logro salir del subsuelo. El aire me sabe fresco aunque está igual o más cargado que el de abajo. Llueve un poco. La ciudad se ha teñido de gris y luce una luminosidad que le da un mínimo de encanto.
“…no tenés ni idea de los intereses de este mes, subieron un 15 por ciento… ¿me escuchás…?”. Las palabras del pelado, dirigidas a su amigo, quedan en el aire mientras ambos empiezan a subir las escaleras.
Los coches pasan, sonando a motor y a calle mojada. Huele a humedad. Me dirijo hacia la parte cubierta de la vereda.
“…Pero mirá loco, esto no lo vas a encontrar en ninguna parte, che… ¡che!... ¿Señora? ¿Señora, un regalito para su nieto?”, suena la voz de un vendedor ambulante.
Me intento despejar y busco con la vista un bar. Lo encuentro. Camino a grandes pasos hacia él, sin fijarme en los obstáculos que tengo que salvar. Es espacioso, vestido de gala, con sillas y mesas de madera bien coloreada y manteles blancos cortos. Los clientes están en su mundo, en su burbuja, abstraídos de los demás. No escuchan, no miran, no ven. No sienten. Ni siquiera se dan cuenta del día que hace, de las personas que les rodean. Podrían ser todos asesinos y no se darían cuenta. Viven aislados de cualquier contacto real, de cualquier realidad. Se hicieron una casita de papel en un terreno pantanoso y la quieren mantener contra viento y marea. No saben nada, no les interesa saber algo.
Pienso en las máscaras y en parte me retruco: tal vez sí haya ingenuidad en el ser humano actual. Ingenuidad entendida como desconocimiento, como antítesis de una conciencia conciente de los otros.
Pienso en Vane y en Kari. Ellas tampoco saben nada en estos momentos. Ignoran que yo tengo el celular. Ignoran qué vaya a hacer con él. No pensaron ni por un instante que las haya podido escuchar. No conocen a la gente porque nunca tuvieron intenciones de hacerlo. Creen en la ingenuidad de los demás porque ellas también son ingenuas. Y me alegro.
-¿Qué desea, caballero? - me dice el barman.
-Una cerveza bien fría y unos maníes.
Me siento en una mesa para dos libre. Mi acompañante es la sed de justicia. La vengativa justicia. Y yo tengo el poder para hacerla. ¿Quién se imagina lo que está apunto de pasarles a esas dos?

Tercera parte
Mirtha Caré

La música suena de fondo y las voces del bar empiezan a pasar de ser un murmullo bajo a un zumbido que me quema la cabeza. Apuro la cerveza y pongo manos a la obra.

* * * * *

El teléfono de Karina comenzó a sonar. Al ver el número en la pantalla, atendió.
-¿Qué hacés, loca? ¿Recién nos vimos y ya…
Pero se vio interrumpida por una voz masculina.
-Hola, mirá… encontré el móvil de tu amiga en el subte, - dijo Marcos en tono amable, intentando parecer lo más simpático posible -pero además las escuché hablar. Y sé que este teléfono tiene mensajes que ella no querría que caigan en ciertas manos. – Al instante comprendió que se le había ido la lengua, pero ya era tarde.
Desconcertada, Karina le dijo que se fuera al carajo. Marcos ignoró el insulto y se apresuró a ir al grano, archivando la simpatía y pensando en la venganza. No quedaba otra.
-Mirá, acá tengo todo… nombres, números y mensajes. O sea que si no querés que se les pudra todo, aceptá que nos veamos. Te aseguro que nadie se va a quedar afuera: novios, familia, amigos…
–Pero… ¿qué decís? ¡Enfermo mental! ¿Quién te creés que sos? Ya mismo te denun…
Pero Marcos no la dejó terminar.
–Nena, no hay tiempo para eso: o nos encontramos o tu amiga pierde y vos perdés con ella. –Marcos se dio cuenta de que estaba improvisando. No sólo su discurso, sino también su plan. No tenía pasta de vengador, al parecer. No sabía qué podía sacar de ese encuentro, si es que se concretaba. Ni siquiera sabía bien en qué momento había tomado el celular y llamado a la amiga de la zorra.
Mientras tanto, las palabras de Marcos se iban haciendo inteligibles en la mente de Karina. Un extraño la (las) estaba extorsionando. Karina enmudeció, tratando de recuperar el control de sí misma, de sus piernas que se habían hecho gelatina. Y por fin habló.
-Bueno, ¿cuándo y dónde?
Tiempo, debía ganar tiempo. No tenía intenciones de acudir a la cita, pero el haber aceptado haría que ese loco no llamara a nadie más… al menos hasta que notara que lo había dejado plantado con todas sus amenazas. Pero ese ya no era su problema. Ahora, lo más importante era poner a Vanesa al corriente de todo. Ella era la que engañaba al novio. Ella era la que, semana a semana, la ponía en jaque rogándole que mintiera en nombre de su amistad. Ella era la que tenía que arreglárselas con el desconocido que tenía su celular.

* * * * *

Apenas cortó con Marcos, Karina llamó a casa de Vanesa. Esta atendió en el segundo ring.
Aliviada de escucharla, comenzó a contarle las malas nuevas a borbotones, sin repetir y sin respirar. Pero Vanesa la interrumpió antes de que terminara, y Karina se quedó alucinando en colores cuando su amiga le dijo que no quería arriesgarse a que su novio, y mucho menos sus padres, se enteraran de todo, y le pidió que fuese a ver al desconocido.
–Porfi, hacelo por mí –le suplicaba otra vez. –Seguro es un nabo, no pasa nada, dale, te juro que es la última, Kari, te lo juro…
Descarada. Karina no aguantaba más. Siempre la estaba cubriendo y ahora esto: se sentía una boluda a pedal.
Le dijo que sí, que iría, que para eso estaban las amigas. Fingió una actitud complaciente, pero el brillo de sus ojos la desmentía. Estaba decidida.
Cortó. Meneó la cabeza varias veces y llamó a Marcos. La reunión se adelantaba.
-Veámonos mañana – le dijo. Se le había terminado la paciencia.
Esta pendeja, pensó Karina, tiene que escarmentar…
Estas pendejas, pensó Marcos, tienen que escarmentar…

* * * * *

Al día siguiente se encontraron en la cafetería donde se habían dado cita.
Karina lucía un etéreo solero rojo. La luz del sol filtrándose a través de la tela dejaba adivinar sus suaves y jóvenes curvas.
Marcos, el justiciero, se quedó con la boca abierta. Es toda una perrita en celo, pensó mientras un suave cosquilleo comenzaba a subir por su entrepierna y el lobo feroz que llevaba dentro se dejaba asomar.
Karina no pudo menos que sentirse halagada ante la excitación de aquel hombre, un poco mayor para ella… pero bastante fachero. El miedo que sintiera el día anterior se esfumó por completo, dando paso a la hembra que siempre había vivido a la sombra de Vanesa.


Cuarta parte
Juan José Rocha

El affair entre Marcos y Karina fue como la pizca de putaparió que transforma una salsa insípida en un placer sorpresivo. Porque el placer tiene mucho de dolor, y a ellos los unía el espanto. Había un aura perversa en torno a la cama cuando hacían el amor. Los dos sabían que estaban juntos en virtud del resentimiento, y reían maliciosamente mientras ideaban la mejor manera de destruir a Vanesa. Ella sería el chivo expiatorio de lo que ambos habían perdido o no habían sabido ganar.
Karina fingió haber recuperado el celular de Vanesa por las malas. Le relató una mentira elaborada que incluía un encuentro ficticio y un violento ida y vuelta de insultos. Vanesa se deshizo en palabras de gratitud y pronto olvidó el incidente. Karina las recibió simulándose la amiga más fiel, y todo siguió su curso.
Vanesa seguía siendo la novia de Facundo y la amante de Nacho. Y lo que a Karina le revolvía el estómago no era tanto el engaño, sino el hecho de que su ex amiga hubiera decidido rifar su felicidad en pos de una supuesta estabilidad. Facundo era un tipo bastante vulgar: parco, terrestre, dueño de una cautela que se parecía mucho a la cobardía. Era la clase de hombre que sólo se permite emborracharse los sábados, cuando está socialmente aceptado. Pero tenía dinero, un trabajo prestigioso y una posición asegurada. Karina no podía creer que Vanesa hubiera caído en la trampa. Ella hubiera preferido mil veces a Nacho, aunque él tampoco era gran cosa. Vanesa también lo prefería, pero no estaba dispuesta a elegirlo. Pobre Vanesa, pobre Facundo, pobre Nacho. Un funesto triángulo de amarguras.
Tanto peor. Para Karina, alguien tenía que hacerse cargo de la cuenta. Vanesa.

* * * * *

Vanesa revoleó la cartera sobre la mesa del living y se desplomó en el sofá. Cerró los ojos y lloró una sola lágrima. Luego se paró y se fue a duchar. Todo había terminado. No podía perpetuar esa farsa, no podía. Acababa de romper su relación de seis años con Facundo y el único honor que podía rendirle era llorar una sola lágrima. Se dio cuenta, mientras el agua recorría su cuerpo, que había hecho bien. A la mierda con el futuro fácil y el horizonte chato. Nacho la elevaba, la sublevaba, la hacía sentirse vital. Ahora él sería su novio. Ya no habría que escaparse, que esconderse. Todo el mundo lo sabría. A la mierda con Facundo.
Vanesa salió del baño envuelta en un toallón y tomó su celular. Necesitaba, tenía que contarle a Karina la noticia.

Quinta parte
Ludmila Couceiro

Estaba a punto de marcar el número de su amiga cuando sonó el celular. Miró sorprendida el nombre que aparecía en la pantalla. Mariela. Hacía meses que no sabía nada de ella. La de las dos era una de esas amistades en vías de extinción. De hecho, para Vanesa, Mariela ya había entrado en la categoría de “conocida”. Habían sido compañeras de secundario junto a Karina, y Mariela se había pasado los cinco años de estudios intentando colarse dentro del sólido dúo conformado por las dos inseparables y convertirlo en un trío. Nunca lo había logrado realmente, y los celos la habían enloquecido. Había querido a Vanesa, la dicharachera, la desfachatada, sólo para ella. Y Karina siempre se había interpuesto. Por eso aún alimentaba cierto odio velado hacia ella, a pesar de que el tiempo y la distancia habían atenuado el sentimiento.
Vanesa atendió el teléfono.
-¡Hola, Mari! ¡Tanto tiempo! ¿Cómo estás, nena? ¿Qué contás? – quiso parecer interesada para no ser descortés; ya conocía el motivo del llamado: “¿Cuándo nos vemos?”, “¡Nos tenemos que poner al día!”, “¿Querés que nos juntemos a tomar un café?”, etc.
-¡Hola, Vane! Todo bien por suerte, ¿vos?
-Bien, bien, todo bien… ¡a mil, Mari! ¡Perdón que no te llamé para encontrarnos! La verdad estoy a full, y no…
-Está bien, no te hagas drama. Yo también estoy complicada ahora. No, te llamaba por otra cosa…
Del otro lado de la línea, Vanesa levantó una ceja. Esto no era lo que esperaba.
-¿Pasó algo?
-No… si… qué se yo… - Mariela había esperado ese momento durante años, pero ahora notaba no le gustaba el papel que había elegido representar. Ya daba igual: tenía que seguir adelante.- Mirá, no quiero ser yo la que te diga esto, pero sos mi amiga y no te quiero traicionar, no me quiero callar, porque…
-¿Qué pasó, Mariela? ¿Qué sabés?
Mariela tomó aire.
-Eh… el otro día fuimos a Groovy con Rober, ¿viste? Mi novio. Y en la mesa de al lado estaba Kari a los besos con un pibe. Ella no me vio porque estaba de espaldas a mí, y no me dio interrumpir para saludarla. Pero escuché algo de lo que decían. Estaban hablando de vos. No llegué a entender todo, pero… la verdad es que no te estaban tirando flores. Te trataban de boluda, de infeliz, de pobre mina, se reían. Por momentos se ponían como más serios, discutían; creo que estaban armando una especie de plan contra vos. También nombraron a Facu y a un tal Nacho… no sé qué más decirte. ¡Fue horrible para mí! No lo podía creer, porque Kari es tu mejor amiga y yo también la quiero un montón y…
-¿Cómo era el flaco? – el tono filoso de Vanesa sobresaltó a Mariela.
-Y… un poco mayor que nosotras, morocho, alto, pelo cortito parado con gel, ojos chiquitos, un toque narigón… lindo pibe.
Ya está. Vanesa reconoció en la descripción al tipo que había encontrado su móvil en el subte hacía un par de meses. El que había amenazado con contarle a Facundo de su romance con Nacho. El que Karina se había encontrado y había puteado hasta lograr recuperar el teléfono. Sin saber por qué, Vanesa sonrió.
-Gracias por contarme, Mari. Hablamos, besito.
-Pará, Vane, ¿qué vas a…?
Clic.

Sexta parte
Joaquín Dores

Se encontraron en la esquina donde siempre se habían encontrado. Esta vez no habría ninguna salida, ninguna confidencia, ninguna complicidad. Por costumbre, se saludaron con un beso. Pero fue doloroso y fugaz. Evitaron mirarse y pusieron distancia. Se quedaron de pie una frente a la otra, como duelistas.
-¿Por qué, Karina? ¿Por qué estás con este flaco?
-Porque está enamorado de una hija de puta como vos, pero poco a poco la está odiando.
-Lo tuyo es tristísimo.
-Puede ser, pero no tan triste como lo tuyo.
-¿Y qué te hace a vos mejor que a mí? ¿Te parece que estar con alguien por venganza es mejor que estar con alguien por plata?
-Sí, me parece, porque al menos estoy con quien quiero estar, sea por el motivo que sea. No como vos, que estás con Facu y querés estar con otro.
-Ayer corté con Facu. Todo lo que me dijiste todos estos años… tenías razón. No tenía sentido vivir en una seguridad que no me hacía feliz. No era justo ni para mí, ni para Facu, ni para Nacho. Tampoco era justo para vos. Perdoname por haberte involucrado en mis quilombos. Perdoname si te sentiste usada. Tenés razón, fui una hija de puta.
Por unos segundos Karina tambaleó. Se quedó mirando a Vanesa sin saber qué decir. Algo humano retornó a su mirada. Pero pronto se recobró. Ya estaba del lado del odio, la indiferencia y la apatía.
-Seguís siendo una hija de puta. No pienso perdonarte. No pienso pedirte perdón. No pienso dejar a Marcos. Lo único que lamento de todo esto es que no hayamos podido divertirnos como pensábamos hacer, contándoles todo a Facu, a su familia y a tu familia. Pero bueno, todavía queda su ex novia. Algo se nos va a ocurrir. Chau, ojalá que no nos veamos nunca más.
Karina se volvió y se perdió entre la gente.

Copyright © Cuaderno de una escritora
Todos los derechos reservados

3 comentarios:

Luciano dijo...

mmm... yo no me animo a escribir pero veremos si se lo paso a alguien

efa dijo...

es una tarea disficultosa y de valor. Hace que salgamos de la ostra del escritor.
Salud

MC. dijo...

Luciano: dale! y mirá q yo tampoco me animaba..

Efa! a ver si me contás eso de la ostra del escritor que es todo un misterio!!

Saludoss!