Un zumbido que nunca se apaga.
Inefable.
No sé si existe afuera.
Supongo que no, por eso me llamabas
-burlón-
"sensible del ruido".
Es finito como una aguja.
O como un millón.
A veces me lo olvido en cualquier parte.
Pero sabe regresar.
Es el rey. Y los demás son sus bufones.
Los que trae el viento que atraviesa
-como una exhalación-
las ventanas de esta casa.
Y que hace rezongar a las retamas.
Que arrastra el ladrido de un perro que
vive en otro barrio.
La risa de las cotorras que andan
animadas.
El silbido que le robó a un churrero que
andaba distraído.
Y la canción de las cigarras que me
llevan a la infancia.
Sonidos que me hacen temblar.
Y me recuerdan que soy. Sí, soy.
Sensible del ruido.