Hoy fui a verte.
Cuidadora desastre
a los pies de tu cama.
Luces y frío.
Se me anegan las ganas.
Con esa vocecita de ultratumba me contás
—como si en mí pudiera asentarse—
que firmaste la orden
de no resucitar.
Tomando mate en patas
Ojalá el frío sólo provenga
de la temperatura exterior:
cinco grados bajo cero.
No de este andar
(sin vos)
necesitando un saquito en pleno verano.
Empiezo de atrás para adelante
porque cuando uno va atando cabos
es así.
Primero me rechazó mi casa.
Pensé que se había hartado
de lo tonta.
Me hizo rebotar
en cancha ajena
como pelota.
Después la casa de al lado
rechazó al gatito
a la chica y a su actual ex.
El torbellino se armó
pim pum pam
y en minutos no quedó nada.
La casa de enfrente
revoleó cajas por la ventana
cosas tan viejas como la doña misma que la habitaba.
En la esquina se oyó un silbido
la morada del zapatero abierta de par en par
y el viento patinando a sus anchas sobre las lajas.
En la otra punta
donde Melinita
la casa embutió la pileta:
metió los columpios
las reposeras
y rellenó todo con tierra.
Las casas del barrio se volvieron locas
¿o seré yo? Que me quedé
cuando hasta el tiempo me dio la espalda.
Anoche soñé con el último hombre que amé y que no me quiso*.
Como todas las veces que lo sueño, estábamos en un lugar lleno de gente.
Tenía de la mano a su pequeño hijo.
Yo, por alguna de esas sinrazones de los sueños, estaba acostada en el piso.
Y desde ahí lo miraba con recelo.
Él se volvía a ver tan alto como fue mientras lo amé.
En un momento, el último hombre que amé y que no me quiso, se acercó y me dio una carta.
Más bien la lanzó hacia mí.
Y me miró con ojitos vergonzosos de esto es lo que tengo que decir.
Estaba escrita en un sobre de papel madera, grueso y abultado. Pero que no contenía nada.
Igual eso no me importó, lo que me importaba estaba afuera, visible al fin.
La letra era pequeña e indecisa.
Desde mi lugar, veía cómo la carta se iba acercando en un suave vaivén.
Pero las letras se volvían cada vez más extrañas, retorcidas.
En ese momento me dí cuenta de que el sueño comenzaba a diluirse.
Con desesperación, intenté rescatar alguna frase, pero era un sueño cliché.
Y me llegó un mensaje en palabras desvanecidas que no comprendí.
Así que sigo sin saber lo que el último hombre que amé y que no me quiso me iba a decir.
Se supone que en los sueños se revelan los misteros.
Y a mí me hubiera gustado saber.
Descifrar qué es lo que espero todavía, qué es lo que quiero me diga.
*Algo similar a esa frase leí una vez en un poema, pero no recuerdo de quién era. Si alguien lo sabe, agradeceré mucho la información, quiero leer ese libro otra vez.
Abrocharme el corpiño. Ponerme una remera y arriba un buzo, porque hace frío. Calzarme las zapatillas. Meter un brazo en la campera y después el otro. Cosas de todos los días. Mantener el equilibrio. No caerme contra la cajonera de madera y golpearme la espalda. Recordar que la alarma sonó recién para que me tome los medicamentos. Tomar los medicamentos sin atragantarme: cinco en la mañana, tres en la tarde, dos en la mediatarde, cuatro en la noche. Me parece fácil y que lo podría hacer siempre, cualquier día, todo el tiempo. Cómo no puede ella abrocharse el corpiño, mantener el equilibrio, recordar por qué sonó la alarma, meter un pie en la zapatilla, meter el otro, tomar todos los medicamentos que yo no tengo que tomar. Por qué no puede, si a mí (todavía) me resulta fácil.