Anoche el insomnio lo intentó de nuevo.
Me tiró con una palabra de esas que me gustan mucho pero que no sé cómo usar
y representan un desafío.
Por ignorarlo no me levanté a anotarla, jurándome que la iba a recordar...
Obviamente no pasó. Voy a tener que recorrer todo el diccionario hasta encontrarla.
No sé para qué, pero la necesito.
lunes, 22 de enero de 2018
martes, 16 de enero de 2018
Lo que trajo el insomnio
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Eme
Hay una estación sin nombre, invisible,
el tren se detiene pero los pasajeros no la ven.
A la salida de la estación hay un barcito
sin corazones anhelantes,
con teteras antiguas y tazas de porcelana.
Las personas que lo visitan,
se sientan, piden un té de jazmines árabes,
y abren los libros que no van a leer.
Más allá de la estación invisible
y del bar de corazones sombríos,
hay una ciudad mínima, que parece un laberinto,
donde la lluvia ha dejado de caer
y las canciones dulces ya no suenan.
Los niños van vestidos con trajes de terciopelo negro
y llevan un ramo enorme de tulipanes marchitos.
Pero también hay un fantasma
¡que cree que está vivo!
que siente la lluvia,
que lee en los libros poemas amarillos.
Y sube corriendo hasta la estación.
Sólo él puede ver los trenes
y danza en los andenes en puntas de pie.
el tren se detiene pero los pasajeros no la ven.
A la salida de la estación hay un barcito
sin corazones anhelantes,
con teteras antiguas y tazas de porcelana.
Las personas que lo visitan,
se sientan, piden un té de jazmines árabes,
y abren los libros que no van a leer.
Más allá de la estación invisible
y del bar de corazones sombríos,
hay una ciudad mínima, que parece un laberinto,
donde la lluvia ha dejado de caer
y las canciones dulces ya no suenan.
Los niños van vestidos con trajes de terciopelo negro
y llevan un ramo enorme de tulipanes marchitos.
Pero también hay un fantasma
¡que cree que está vivo!
que siente la lluvia,
que lee en los libros poemas amarillos.
Y sube corriendo hasta la estación.
Sólo él puede ver los trenes
y danza en los andenes en puntas de pie.
Cosas que pasan cuando no podés dormir, perdón, perdón. No lo volveré a hacer (mentira).
miércoles, 10 de enero de 2018
Poema contra el insomnio
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Eme
Mate, madrugada, y este tremendo poema de Dylan Thomas. Son dos traducciones distintas. Escucharlo es precioso. Lo recitan en la película Interestelar de Christopher Nolan, que también es hermosa.
No
entres dócilmente en esa buena noche
Dylan
Thomas
No
entres dócilmente en esa buena noche,
Que al final del día debería la vejez arder y delirar; Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.
Aunque
los sabios entienden al final que la oscuridad es lo correcto,
Como a su verbo ningún rayo ha confiado vigor, No entran dócilmente en esa buena noche.
Llorando
los hombres buenos, al llegar la última ola
Por el brillo con que sus frágiles obras pudieron haber danzado en una verde bahía, Se enfurecen, se enfurecen ante la muerte de la luz.
Y los
locos, que al sol cogieron al vuelo en sus cantares,
Y advierten, demasiado tarde, la ofensa que le hacían, No entran dócilmente en esa buena noche.
Y los
hombres graves, que cerca de la muerte con la vista que se apaga
Ven que esos ojos ciegos pudieron brillar como meteoros y ser alegres, Se enfurecen, se enfurecen ante la muerte de la luz.
Y tú,
padre mio, allá en tu cima triste,
Maldíceme o bendíceme con tus fieras lágrimas, lo ruego. No entres dócilmente en esa buena noche. Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz. |
Gracias.
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domingo, 7 de enero de 2018
Hojas secas
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Eme
En las noches su alma contenida se rebela, y ella la sosiega siempre con palabras.
No puede dormir, camina hasta el comedor, toma un libro y se recuesta en el sillón que da al ventanal del patio de atrás.
Lo aprieta con fuerza contra ese cuerpo que de niña aún no era una prisión.
Intenta leer, no puede, lo aprieta más fuerte en busca de una historia que escurra entre sus páginas.
El cansancio le gana. Apoya la cabeza, se duerme, y sueña con los juegos de niña en el patio de atrás.
El libro, con sus hojas de otoño, velará esta noche el reposo de su alma cansada.
No puede dormir, camina hasta el comedor, toma un libro y se recuesta en el sillón que da al ventanal del patio de atrás.
Lo aprieta con fuerza contra ese cuerpo que de niña aún no era una prisión.
Intenta leer, no puede, lo aprieta más fuerte en busca de una historia que escurra entre sus páginas.
El cansancio le gana. Apoya la cabeza, se duerme, y sueña con los juegos de niña en el patio de atrás.
El libro, con sus hojas de otoño, velará esta noche el reposo de su alma cansada.
Un cactus del revés
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Eme
Intentar convencer al cuerpo de que no existe es imposible, cuando en cada poro se está hundiendo una espina.
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