El pecho traquetea como un serrucho que se traba y vuelve,
en un movimiento forzado y áspero.
El cuerpo no reacciona y la mente entiende todo.
El ruido de la máquina de oxígeno. Los pitidos.
Los números que suben y que por momentos caen en picada.
Y la muerte ahí.
Mirándome.
Mis ojos ahora son dos gelatinas saladas sin fondo, pero ven.
Ven a los médicos.
Ven las palabras saliendo en bucle de sus bocas:
"No podemos hacer nada, estamos esperando el paro".
Y la muerte ahí, muerta de risa,
escapando de mi mano lánguida que apenas puede moverse,
llena de agujas y de caños que gotean la hiel que, se supone, viene a salvarme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario