Cuando están volando
Creen que sus alas
Siempre estuvieron ahí
Cuando están volando
Creen que sus alas
Siempre estuvieron ahí
Acá está lo real. Es un pensamiento que me invade mientras mi vista se pierde en la vegetación del patio de la casa de mi hermano. ¿Se le puede llamar patio a esta enorme extensión de tierra y pasto salvaje? ¿O se le dice, simplemente, terreno? Le queda mejor terreno, eso es indudable. Patio es una palabra que no alcanza a abarcarlo. Además, acá no hay paredes medianeras. El terreno de la casa de mi hermano está separado del vecino por una flaca y larga soga de nailon, que en algunos tramos desaparece entre los yuyos.
Esto es lo real, pienso, sentada sobre un palet rodeado de pasto y abrojos. Siento el calor del sol y la brisa fresca que viene del mar y que atraviesa el frondoso pinar que delimita la vista. Las cotorras chillan como locas y las tres gatas de la casa merodean a mi alrededor. Acá está lo real. Lo pienso con el entusiasmo de quien acaba de hacer un descubrimiento maravilloso.
El brillo contrasta con la opacidad de las maderas roídas.
Me llama.
Arrastro los pies por la arena húmeda. No sé si soy yo quien empuja el agua cuando llega o si es el agua la que me empuja a mí.
A medida que me acerco, el brillo se multiplica. Se convierte en montones de estrellas distribuidas entre los muchos pilotes que sostienen el muelle, hundidos en la arena y que se internan en el mar.
Me apuro, pero no demasiado. Aunque quiero saber, no quiero que se desvanezca el misterio.
Pero es inevitable: llego.
Las estrellas ahora son chapitas rectangulares. Algunas de bronce, otras de aluminio, otras no sé.
Recordatorios que dicen: "A Luz. Te amaremos por siempre. A 10 años de tu partida. 15/9/78". O: "Jonio", con una cruz tallada de puntitos.
Me provocan curiosidad y angustia. Son muchas. ¿Por qué están ahí? Nunca adivinaría sus historias.
Avanzo hasta donde dejo de hacer pie. Lleno mis ojos con sus nombres clavados debajo del muelle, en los pilotes de madera podrida.
Leo todos los que puedo. Sus nombres de sal. Lamidos por el agua cada vez que crece el mar.
¿Cómo era?
Pienso una palabra:
Hambre.
Hambre de palabras.
Pero las palabras se esconden de mi hambre.
Siento el malestar.
Mi estómago rugir.
Tal vez ahí esté el secreto del dolor.
En las palabras que me faltan.
Escribir de noche es intentar.
Calmar el hambre.