domingo, 23 de mayo de 2021

Domingo de Ramos

Una extrañeza

me arrebata

este domingo

de sordo ventanal.

Que muta

en Día Después.

 

Domingo de Ramos

ceremonia solemne

para guardar las palmas

hasta el próximo carnaval.

 

Domingo

después de Talcahuano

de furia impiadosa,

de sed,

de cuerpos vivos,

desamparados.



Nuevo trabajo (para bien y para mal) me tiene lejos de este paraje. Hoy tocó descansar. Día de suerte.

sábado, 14 de noviembre de 2020

Talcahuano desde el balcón

Pasa una mujer embarazada con una botella de cerveza en la mano.

Se para de frente al cartel que muestra a otra mujer con el puño en alto y proclamando: ¡Aborto legal, ya!

La mujer embarazada repite en voz alta: Aborto legal, ya.

Sigue caminando y dice: Estoy tan cansada...

Levanta la botella de cerveza y grita: ¡Te voy a comprar esta mierda... ya!


Cerrado por derribo

A veces los finales caen todos juntos como bombas.
Pensaba el domingo de la semana pasada (8/11) en todas las cosas que se terminan con este (casi) final de 2020 malherido:
La revista que viene resistiendo desde hace años (que amo con locura y con pasión).
Este querido lugar en donde trabajo (trabajaba) desde hace cinco (¿o seis?) años.
Y con este lugar, el final de la Petite Librairie (esta pequeña librería, puertas adentro, que inventamos).
Y pedía por favor (por favor) que no se termine nada más.
Y se me vino a la mente esa canción de Sabina que dice: cuando al punto final de los finales, no le siguen dos puntos suspensivos. 
Y se me ocurrió buscar la letra, y hablaba de amor. 
Y rogué que no... que no se termine el amor.
Y me fui a dormir diciendo te quiero (y sintiendo te amo).

Y me desperté (el lunes de madrugada, con un cachetazo más de realidad) llorando.

Y se me vino a la mente otra vez la canción de Sabina:

Por las arrugas de mi voz
se filtra la desolación
de saber que estos son
los últimos versos que te escribo.
Para decir "condios" a los dos nos sobran
los motivos.

Pero no quiero, no.



jueves, 29 de octubre de 2020

Ojalá tenga tiempo de escribir la palabra girasol.

Ojalá tenga tiempo de tener cuatro años

y de subirme a la medianera.

De preguntarle a mi abuelo cómo se llama esa flor

que mi abuelo me responda: girasol.

Ojalá tenga tiempo para aprender a escribir la palabra girasol.

De mirar de nuevo la cara curtida de mi abuelo.

Ojalá tenga tiempo

de preguntarle a mi abuelo cómo se llama eso que camina

que mi abuelo me responda: lagartija.

Ojalá tenga tiempo para aprender a escribir la palabra lagartija.

De mirar de nuevo la cara de la flor girando al sol.

De mirar de nuevo cómo se esconde eso que camina.

Ojalá tenga tiempo de mostrarle a mi abuelo 

que aprendí a escribir las palabras lagartija y girasol.


Muchos años después le pregunté a mi padre

por qué el abuelo nunca supo que había aprendido a escribir esas palabras.

Mi padre antes de irse contestó: en nuestra familia somos de morirnos jóvenes.

Y me abrazó.



miércoles, 15 de julio de 2020

Las canillas y la helada

Se congelan las canillas, allá por el sur ventoso.
Me intereso en el tema y me entero de que "hay un cable que es resistivo"
que calienta el caño.
Pero que nadie lo tiene.
Que algunos envuelven las canillas con poliuretano o telgopor.
O con lana de vidrio.
Y el que puede hace una cabina con puerta.
Me dicen que se congelan los tanques de agua que están en los mangrullos.
Y yo pregunto cómo es lo del mangrullo y el tanque de agua.
No me contestan.
Me entero de que cada año algunas canillas de afuera se parten.
"Todos los años se congela y se raja", dice mi hermano.
Que los bomberos dejan abiertas las bocas,
un poquito,
para que circule,
en los lugares más fríos, como en el cerro.
Y yo me imagino a los bomberos con las bocas abiertas,
dejando gotear el agua,
para que no se congele,
o para apagar un incendio.
O encenderlo.
Me cuenta mi amigo el poeta,
que allá, más al sur, donde el frío llega a diecisiete grados bajo cero,
adonde el viento no permite la huida,
las canillas se congelan.
Que está "saliendo cada dos horas a deshielar la canilla".
Y de ahí que yo me pongo a averiguar.

Acá, en Buenos Aires, las canillas no se congelan.
Simplemente se quedan sin agua, a veces.