martes, 14 de enero de 2020

El cansancio de oscilar

Oscilar
entre un punto y otro.
El de creer que se sabe
y no saber.

Oscilar
entre lo dicho
y lo oculto.

Oscilar
entre lo que debo
y lo que puedo.

Oscilar
entre lo que quiero
y no debo.

¿Y por qué no?

Oscilar
por no saber.

El misterio
induce al cansancio.

Y duele.

domingo, 12 de enero de 2020

Otra vez el insomnio

Me inquieta la noche
y este viento
que ruge como el mar.

Sé que me repito,
pero el insomnio
no es más que eso.

Y ésta es mi guarida.

domingo, 5 de enero de 2020

Doblete de domingo


Abandonar

No eran niños, así que no eran dignos de la palabra orfandad.
Pero cargaban en los ojos la vergüenza del huérfano reciente.
Y no sabían qué hacer con la casa, con sus espacios deshabitados.
Con las ausencias que se amontonaban tapiando puertas y ventanas.

Caminaban tropezando con el peso de sus propios cuerpos
y los malditos deja vu.

Hasta que llegaron los de afuera
y en esa soledad sin nombre se dejaron adoptar.
Y fueron cortando la casa en pedacitos.
Primero de arriba abajo. Después en horizontal.
Y sin su eje ya, empezó a desarmarse como un dadito de azúcar.

                                                   ***

Ahora vivo con mis hijos, en esta casa de huérfanos sin título
en este cuadradito que queda (al que me aferro ridículamente).
Y que no es más que un montoncito de
                                           restos sin definir.




Como te digo una cosa te digo la otra

En el fondo de mi casa se esconde todo el sol de enero.
Y en mis árboles los pájaros hacen nido.
El pasto crece desmesurado y jugamos a que no tenemos pies.
Ni gatos.
Sabemos que están ahí porque el pasto se mueve cuando corren.
A veces se asoma una cola blanca. Otras, una negra. A veces se asoma la perra.
Pobre, ¡nos habíamos olvidado de ella!
El fondo de mi casa es el lugar más feliz del mundo.
Hay sonidos y colores. Y, aunque sea un cuadradito chiquito
rodeado de paredes muy altas,
corre un viento infinito que me arremolina los pájaros y me hace reír.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Dominguera pulcritud


Los domingos vuelven a ser míos (por un lapso corto de tiempo). Bueno, míos: del pasto crecido del fondo, de la limpieza de los muebles, del orden, de tirar cosas. Limpiar y tirar cosas me encanta, me gusta vaciar, liberar espacio. Aprovecho para hacer espacio hasta en el correo electrónico. Elimino mails de la bandeja de entrada, los elimino de enviados y de eliminados también. Los recupero y los vuelvo a eliminar para siempre. Porque ahí está el secreto para que no quede nada. Por suerte con las cosas materiales es más fácil: las meto en una bolsa, las pongo en la vereda y ya está. Siempre separando lo que sirve de lo que no. En la vereda va la basura. En la rama baja y gruesa del árbol va la bolsa con ropa, calzado, cubiertos, y otras cosas que ya fueron reemplazadas. Hasta souvenirs (que a veces quedan en el piso y terminan cambiando el destinatario). Pero también son de leer y releer, de escribir, de cuestionarme para qué escribir, de responderme que no hay opción. De ponerme a editar y a corregir. De tomar mate, de armar la pileta, de poner las patas en remojo y de decir zàijiàn.


sábado, 21 de diciembre de 2019

Cliché

Mis palabras ya perdieron el norte.

No son más que un alimento inútil
y un rosario de flaquezas.

Un río que me cruza
el pecho y lo alborota.

Un remolino de piedras.

Una noche sin luna
que me hunde en el hastío.

Un laberinto sin salida,
un canto de sirenas.

Un naufragio.

Una trampa que me aleja
sin más del objetivo.

Un espejismo,
una puerta que se cierra.

Una letanía.

Un deseo incontrolable
de que sepas.

Un rumbo impreciso
que me lleva a la derrota.

Una utopía,
una quimera.

Mis palabras no son más
que una cadenita de letras.