Fragmento - El lobo estepario.

Ella se estremeció como bajo los efectos de un ligero escalofrío y parecía que
lentamente despertaba de su letargo. Sus ojos no se apartaban de mí. De pronto se
puso aún más sombría.
-Sería prudente en mí no decírtelo. Pero no quiero ser prudente, Harry, esta vez no.
Quiero precisamente todo lo contrario. Atiende, escucha. Lo oirás, lo olvidarás otra vez,
te reirás de ello, te hará llorar. Atiende, pequeño. Voy a jugar contigo a vida o muerte,
hermanito, y quiero enseñarte mis cartas boca arriba antes de que empecemos a jugar.
¡Qué hermosa era su cara, qué supraterrena, cuando decía esto! En los ojos flotaba
serena y fría una tristeza de hielo, estos ojos parecían haber sufrido ya todo el dolor
imaginable y haber dicho amén a todo. La boca hablaba con dificultad y como impedida,
algo así como se habla cuando a uno le ha paralizado la cara un frío terrible. Pero entre
los labios, en las comisuras de la boca, en el jugueteo de la punta de la lengua, que sólo
rara vez se hacía visible, no fluía, en contraposición con la mirada y con la voz, más que
dulce y juguetona sensualidad, íntimo afán de placer. En la frente callada y serena
pendía un corto bucle, de allí, de ese rincón de la frente con el bucle irradiaba de cuando
en cuando como hálito de vida aquella ola de parecido a un muchacho, de magia
hermafrodita. Lleno de angustia estaba escuchándola, y, sin embargo, como aturdido,
como presente sólo a medias.
-Yo te gusto -continuó ella-, por el motivo que ya te he dicho:
he roto tu soledad, te he recogido precisamente ante la puerta del infierno y te he
despertado de nuevo. Pero quiero de ti más, mucho más. Quiero hacer que te enamores
de mí. No, no me contradigas, déjame hablar. Te gusto mucho, de eso me doy cuenta, y
tú me estás agradecido, pero enamorado de mí no lo estás. Yo voy a hacer que lo estés,
esto pertenece a mi profesión; como que vivo de eso, de poder hacer que los hombres
se enamoren de mí, Pero entérate bien: no hago esto porque te encuentre francamente
encantador. No estoy enamorada de ti, Harry, tan poco enamorada como tú de mí. Pero
te necesito, como tú me necesitas. Tú me necesitas actualmente, de momento, porque
estás desesperado y te hace falta un impulso que te eche al agua y te vuelva a
reanimar. Me necesitas para aprender a bailar, para aprender a reír, para aprender a
vivir. Yo, en cambio, también te necesito a ti, no hoy, más adelante, para algo muy
importante y hermoso. Te daré mi última orden cuando estés enamorado de mí, y tú
obedecerás, y ello será bueno para ti y para mí.
Levantó un poco en la copa una de las orquídeas de color violeta oscuro, con sus
fibras verdosas; inclinó su rostro un momento sobre ella y estuvo mirando fijamente la
flor.
-No te ha de ser cosa fácil, pero lo harás. Cumplirás mi mandato y me matarás. Esto
es todo. No preguntes nada.
Con los ojos fijos aún en la orquídea, se quedó callada, su rostro perdió la violencia.
Como un capullo que se abre, fue libertándose de la tensión y el peso, y de pronto se
pintó en sus labios una sonrisa encantadora, en tanto que los ojos aún continuaron un
momento inmóviles y fascinados. Luego sacudió la cabeza con el pequeño mechón
varonil, bebió un trago de agua, volvió a darse cuenta de pronto de que estábamos
comiendo y cayó con alegre apetito sobre los manjares.
Yo había escuchado con toda claridad palabra a palabra su siniestro discurso, llegando
hasta a adivinar su «última orden», antes de que ella la expresara, y ya no me asustó
con él «me matarás». Todo lo que iba diciendo me sonaba convincente y fatal, lo
aceptaba y no me defendía contra ello, y sin embargo, a pesar de la terrible severidad
con que había hablado, era para mí todo sin verdadera realidad ni para tomarlo en serio.
Una parte de mi alma aspiraba sus palabras y las creía, otra parte de mi alma asentía
bondadosa y comprendiendo que esta Armanda tan inteligente, sana y segura, tenía por
lo visto también sus fantasías y sus estados crepusculares. Apenas hubo resonado su
última palabra, se extendió por toda la escena un velo de irrealidad y de ineficiencia.
De todos modos, yo no podía dar el salto a lo probable y real con la misma ligereza
equilibrista que Armanda.
*                                                                         El lobo estepario - Hermann Hesse