sábado, 14 de septiembre de 2013

La piedra -

Hoy tengo para compartir otro relato - pensamiento (¿cómo llamarlo?) de Walter van Diest.
Ya llevaba muchos días esperando en mi correo, casi un mes, eso es raro en mí, nunca dejo tanto tiempo esperando un texto, pero este en particular necesitaba procesarlo, me provocó ponerme de un lado y del otro de la piedra, acusarla y defenderla. Al final decidí dejar tranquilo el texto y compartirlo.



Eres como una piedra. Una piedra grande y lisa en el medio de un prado. Situada en algún parque o en alguna playa. Entre la llanura sobresales y te expones. Mucha gente te ve, pasa por allí, camina y pasea. Algunos te notarán y se acercarán, curiosos. De esos, un número menor todavía se sentará encima de ti, otros aprovecharán la sombra que creas con el sol, seguramente alguien leerá un libro apoyándose en ti y hasta puede que ofrezcas comodidad a una pareja furtiva en ciertas noches cerradas.

Como todo, habrá quien crea que eres una piedra cómoda, se sienta bien, te recuerde, vuelva e incluso se enamore del lugar y de ti, roca. Pero también habrá quien se disguste, no le parezcas confortable y, seguramente, alguien te recordará por el terrible dolor de espalda que le distes. Todo depende.

La cuestión, piedra, es que tú nunca das nada. Te posas allí, en mitad del prado y te dejas empapar por las vivencias de cuantos se acercan a ti. Dejas pasar irremediablemente los días y los años, las gentes y los momentos y sólo observas, desde tu aspecto de roca. Analizas y miras a las personas, pero no les ofreces nada más que tu llana y dura superficie. ¡Cuántos momentos comparten los que se te acercan, incluso intimísimos, y tú sigues irrelevante, inapetente e inalterable!

Si dieras alguna muestra, si te esponjaras para alguien, crecieras para otro, pincharas para según quién o te movieras de tu llanura… Si hicieras todo eso te prestarías al cambio, a la humanidad de la manera más original. Claro que, si lo hicieses, dejarías de ser una piedra.


                                                                                        Walter Germán van Diest.-
                 

                                             
                                                                         Ahora sí, mates espumosos y hasta más ver!

4 comentarios:

Darío dijo...

La piedra es piedra. No sè si bendiciòn o condena. Terrible es el destino de los hombres que se comportan como piedras... Un abrazo.

MC. dijo...

Lo mismo pensé, la piedra es piedra... y muchas cosas más, a decir verdad.
Gracias por tu abrazo Darío, otro enorme para vos.

mientrasleo dijo...

No conocía este relato y, tal vez no fuera intención del autor, pero no he podido evitar caer en un pensamiento atroz: "conozco gente así".
Besos

MC. dijo...

ay, y dicho de ese modo... suena muy atroz!
La verdad no sé la intención del autor, a día de hoy parece haberse dado a la fuga, que venga y de la cara!