sábado, 30 de junio de 2012

Tres cigarrillos y muerte.



Buenas buenas, hoy sábado, frío y lluvioso en Buenos Aires, le toca el turno a un nuevo relato de Walter, que nos escribe (como hace tiempo ya) desde el otro lado del charco, España, donde la temperatura hasta donde sé es bastante alta para la época. Las imágenes son fotos de Vincent Price en este caso, para darle un poco de ambiente a la lectura, así que ¡a ponerle fuerza!
Que lo disfruten, los dejo con él:


Tres cigarrillos y muerte.


Encendí un cigarrillo. Era completamente blanco. Alargado, como los cigarrillos normales. La punta enseguida ardió con la llama del mechero y prendió el papel y el tabaco. El humo recorrió la corta distancia hasta mis labios y entró en mi boca. Lo aspiré y penetró mis pulmones. Sentí el placer que sentía siempre que fumaba. Y lo expulsé exhalando. La nube del espeso humo salió de mi y se extendió por el aire. Se veían claramente los ribetes y las formas que hacía. La luz era ligera y amarillenta.

Nos quedamos en silencio un rato. Estaba en mi casa, en el salón, sentado en una de las sillas del comedor. Eran de madera y mimbre, cuidadosamente entrelazado. Me costaba mucho pensar en esos momentos. Por eso necesitaba urgentemente fumar. Por más contradictorio que parezca, en los casos en los que todo a mi alrededor parecía reblandecerse y arder, súbitamente, fumaba un cigarrillo, como si fuera una bocanada de aire fresco.
El cilindro quedó firmemente cogido entre mis dedos índice y mayor. La postura era la de siempre, una postura normal para coger un cigarrillo. Tenía el brazo derecho apoyado en la mesa por el codo, levantado hasta la altura de mi cabeza. La luz proyectaba su forma en la superficie de madera y creaba un dibujo realista, aunque tal vez extraño. Incluso en el mundo de las sombras el humo ascendía, serpenteando hasta perderse de vista.
Dejé caer un poco de ceniza en el cenicero y carraspeé ligeramente. Luego di otra calada. Inspeccionaba rastros de lo que estaba pasando en lo que me rodeaba. Las sombras de la casa eran evidentes. Una casa sola, casi vacía. Sólo estaba yo en ese entonces, habitando en una habitación que parecía muy lejana a esa realidad corta, breve e inexorable. No había música, no había ruidos. Sólo nuestros cerebros, nuestras respiraciones, nuestros parpadeos. Sólo nosotros. Nos habíamos encerrado en aquél comedor.
-Debes de preguntarte por qué he elegido que estemos aquí-dijo, de repente, él.
-Sí-contesté yo, mirándole fijamente.
Sus ojos eran verdes y frescos como un mar paradisíaco. Los guardaban dos gruesas cejas rojizas. El humo del cigarrillo parecía anegarle la cara entera, pero no se quejaba. Su tez era anaranjada, quizás por la luz, pero me había dado esa impresión desde que le había visto. El pelo abultado y alocado crecía desde su frente, ni muy amplia ni muy estrecha y revoloteaba alrededor de su mirada y sus labios finos, cerrados.

-Sabes, a veces es inútil preguntarse cómo se llega a ciertas situaciones-dijo y volvió a cerrar la boca.
En sus mejillas crecía un rastro de barba roja. El silencio se apoderó tanto del pequeño espacio visual como de mi. Algo dentro mío clamaba ese silencio e invitaba a la reflexión. No podía pensar claramente, por supuesto. Todavía estaba confuso y excitado por lo que estaba pasando.
-Es-comenzó- como si una corriente arrastrara a unos peces hacia un lago. Una vez están allí, ya no tiene sentido que se pregunten cómo han llegado, o por qué.
-Porque van a morir-afirmé, casi instantáneamente.
-Porque saben que la corriente les ha llevado donde tenían que ir, y una vez allí vivirán hasta morir-contestó y clavó sus ojos en los míos.
Su mirada era penetrante, eso no hace falta decirlo. Sus pupilas yacían ahí puestas y se fijaban casi inmóviles. Yo no podía hacer otra cosa que quedarme allí, pasmado, en silencio, esperando, tal vez, que prosiguiera. Sino podía desviar la mirada, pero no había mucho más que mirar. Incluso mirando ese par de ojos verdes parecía que me veía a mí y no lo que ellos significaban.
-Cuando era pequeño fuimos un día a pescar. Viajamos en coche mucho rato hasta una laguna. Allí sacamos unas rudimentarias cañas de pescar y tiramos los anzuelos a ver si había suerte-dio un trago al vaso que antes le había servido-. Pescamos muchos pececillos, muy pequeños todavía y los metíamos en unos cubos con agua. En ese momento casi ni me daba cuenta, pero cuando paramos para comer, me fijé en los peces que todavía nadaban en los cubos. Los habíamos sacado de su casa. Los habíamos encarcelado en unos pequeños estanques, pero ellos seguían allí, vivos.
»No importaba que se quedaran un rato más, luego los devolveríamos, ninguno quería llevárselos ni mucho menos comérselos. ¿Pero cómo debían sentirse aquellos peces? Ese día nadie se lo preguntó. Nadie pensó sobre ello. Simplemente antes de irnos los arrojamos a la laguna otra vez. Y allí siguieron viviendo. ¿Por qué íbamos a cuestionarnos sobre los sentimientos de aquellos peces? ¿Lo habrías hecho tú?
Negué con un sordo movimiento de cabeza y apagué el cigarro. Las últimas bocanadas de humo salieron por mi nariz.
-Parece que no mereciera la pena malgastar el precioso tiempo discerniendo en minucias como esa.
-Desde luego-dije.
Sus ojos volvieron a inquietarme y apareció en su boca una ligera sonrisa. Ligera por lo liviana que era, lo real que se veía.
-Nosotros, Gustavo, somos muchas veces como esos peces. Alguien nos saca de nuestro lugar, en el que nos había dejado la corriente, esa fuerza incontrolable que se camufla de decisiones propias. Y a veces nos devuelve en seguida, como si se asustara de tenernos entre sus dominios, o nos retiene un rato. Mientras, como los peces, nos vamos acostumbrando. Intentamos seguir viviendo. Pero de un momento a otro puede que vuelvan a arrojarnos. Puede que vuelvan a arrojarte a tu casa, a tu familia, a tus amigos, a todo aquel lugar al que pertenecías. Hace tiempo. Pero tú ya has cambiado. Y ya no eres el mismo, ni sientes de la misma manera. ¿Cómo puedes volver allí otra vez entonces?
Suspiré en silencio mientras dejaba que los pensamientos fluyeran solos, tomaran alguna forma y salieran por mi boca. Mientras esperaba las palabras que debían salir.
-Supongo que porque algo dentro tuyo sabe que perteneces a ese lugar, a esa compañía. Y aunque cuando vuelvas te resulte extraño, tardarías mucho menos en acostumbrarte.
Se hizo el silencio otra vez. El aire era pesado y caluroso. Sentía como corría el sudor tras mi camisa y las piernas me quemaban debajo de los pantalones.
-¿Acostumbrarte a qué?-preguntó.
Pensé durante unos segundos.
-A lo que eras antes, supongo.
-¿Es que serás el de antes otra vez? ¿O tendrás que acostumbrarte a ver lo que antes veías desde otro prisma?-hizo una pausa, como para ver mi reacción.
En esa pausa muchas cosas desfilaron por mi mente. Muchas imágenes. Recuerdos. Proyecciones del pasado, de un pasado muy lejano de hace años e incluso de uno más reciente. Tan reciente como la conversación.
-No puedes ser el mismo hoy que ayer. Ya has cambiado-dijo, pero parecía que no me hablaba a mí, sino a mis pensamientos-. Siempre cambias y cambiarás más con el tiempo. ¿Tienes miedo a la muerte?
-No-contesté, seco. Alzó las cejas y no habló, como invitándome a continuar-. La muerte es sólo un destino y está asegurado. No tiene ningún sentido que tema mi propia muerte.
-¿Te daría igual morir ahora mismo? En este precioso instante, en este momento. ¿Morir aquí y ahora, para siempre?
Sus palabras eran graves pero no su expresión. Parecía incluso divertirse.
-No lo sé-dije apoyando la cabeza en la palma de la mano izquierda.
-¿Morirías ya mismo si tuvieras la oportunidad?
-No lo sé.
-¡Vamos! ¿Sí o no? ¿Si pudieras elegir morir morirías?
Suspiré, agotado. Me sentía aprisionado cada vez más entre la espada y la pared. Todavía estaba turbado y no podía pensar con claridad.
-Supongo que no-dije y otra vez esperaba que siguiera-. Supongo que todavía tengo cosas que hacer. No creo que si decidiera morir espontáneamente fuera consciente de ello. Creo que sería una decisión que debería tomarme tiempo.
-¿Y no has tenido toda una vida para pensarlo?-inquirió.
-¿Cómo?
-¿Quién pone fin a tu vida Gustavo? ¿Quién dice ya es suficiente? ¿Quién sabe cuándo has hecho todo cuanto querías hacer? ¿Quién decide?
-Pero no es tan simple-dije algo irritado-. No se trata de poner fin a una acción. Se trata de terminar con toda acción. Se trata de morir. No se elige morir, se muere.
Cogí otro cigarrillo. Lo encendí más rápidamente que el anterior y di una calada mucho más profunda.
Volvía a sentirse el silencio, pesado, caluroso, espeso. Era como si el aire se hubiera cargado de suspiros y palabras vacías, sordas, que recorrían el espacio que nos separaba. La luz no dudaba ni un instante en seguir iluminando. Y los pensamientos se iban perdiendo en ese espacio tiempo tan poco usual. Tan poco fragmentado.
-¿Crees que cuando mueras darás lugar a otra vida?-hizo una pequeña pausa y tragó saliva, siempre mirándome, sin dejar de clavar sus verdes ojos en los míos- ¿Crees que cuando mueras nacerá alguien en tu lugar?
-¿En mi lugar?-repetí confundido, quería que me explicara qué quería decir.
-Hay una creencia de que cuando alguien muere, otro nace en su lugar. De que la muerte siempre conlleva un renacimiento. Como si los últimos momentos de una persona pudieran convertirse en los primeros de otra. También hay un dilema moral, el de la canoa y los cocodrilos.
»Imagínate que vas en una canoa con un joven por un río tranquilo. Veis a cinco bañistas, nadando apaciblemente cuando de repente te das cuenta de que hay cocodrilos en las riberas. Los cocodrilos se preparan para atacarles. No hay mucho tiempo.  ¿Sacrificarías al joven o incluso te sacrificarías a ti para salvar a las otras personas?-dijo y alzó las cejas. No respondí-. Para salvar a los demás hace falta una muerte, parece inevitable.
»¿No crees que la muerte de un duro dictador da lugar a una mejor vida y a la libertad? ¿O incluso una muerte común, ordinaria, hace que los demás, los que están alrededor de la persona fallecida tengan que rehacer su vida, y cambian, en cierta manera, como si nacieran de nuevo? Porque como hemos dicho antes, no podrán volver a ser los de antes simplemente, los que no conocían la existencia de ese muerto, y menos aun los que conociéndole no sabían de su muerte. Sino que verán desde un prisma que ha cambiado todo lo que antes veían con normalidad.
Volvió a dejar las palabras en el aire y se quedó reflexionando unos minutos. Frunció el entrecejo mientras miraba a la mesa y luego a alguna parte detrás de mi. No era a mis ojos, como llevaba haciendo todo el rato. Quería responder alguna cosa. Intentaba pensar por qué me decía todo aquello. “¿Qué sentido tiene?-me preguntaba quisquilloso-. ¿Qué quiere decir?”
-Cuando vi a esos peces en los cubo, fuera de su lugar, lejos, aunque no mucho, de todo lo que conocían, correteando entre manos y anzuelos de extraños, heridos… comprendí que estaban muertos. Habían muerto sustancialmente, aunque luego siguieran nadando en la laguna, durante ese lapso de tiempo habían muerto-se paró para beber un poco más del vaso-. Pequeñas partes de nosotros mueren cada tanto, algunas ni las notamos, son imperceptibles, simplemente cambian de plano, desaparecen y dejan lugar a otras y este cambio es demasiado rápido para nuestra conciencia.
»Otras, sin embargo, la muerte es notable. Bien sea porque se prolonga, en una agonía que tiene un final predestinado que intentamos borrar, cambiar o renunciar en vano. O bien porque como en el caso de aquellos peces no depende de nosotros. No depende de ti, sino de otros. Sería un error librarnos de las responsabilidades, pero también lo es cargarse de culpa.
Llegados a ese punto apagué el cigarrillo y moví el paquete ligeramente. Me quedaban pocos, quizá unos cinco. Inspiré hondo, cogiendo mucho aire y volví a mirar a mi interlocutor.
-Cuando piensas lo que ha sido tu vida lo piensas desde una perspectiva de vida, también de futuro. Lo piensas desde una posibilidad de mejora. Aunque no lo consideres activamente, sabes que está ahí, que si hoy reflexionas mañana te levantarás y quizás cambies algo. Que si te propones girar tu vida puedes hacerlo, pero en el futuro. Parece que nunca se pueden hacer las cosas en el presente. ¿No crees? ¿No te parece que es como si ahora no existiera? ¡¿Cómo podemos apreciar la vida si no sabemos apreciar el ahora?!
Sus palabras iban calándome dentro y me dejaban mudo. Antes había intentado hablar, pero él tenía una batuta imaginaria que me hacía callar y hablar cuando lo deseaba. Era una rueda y él el mecanismo que me hacía girar. Parecía que todo se movía, pero era yo. No exteriormente, sino en mi interior. Eran mis pensamientos, mis convicciones, mis reflexiones, todo danzaba, o más bien se tambaleaba. Como en un puente muy inestable.
Cogí otro cigarrillo y lo entendí.
-¿Crees que algo cambiaría si yo me fuera para siempre dentro de cinco minutos?
Exhalé el humo lenta y cuidadosamente. Quería apropiarme de todo el que pudiera, de todo el sabor.
-No lo sé-contesté al final. Se quedó en silencio, mirándome, queriendo que siga, aunque no encontrara las palabras-. ¿Irte sin más? ¿Sin explicaciones? ¿Desaparecer y ya está?-hice una pequeña pausa-. Supongo que si pudiera lo evitaría, o al menos intentaría evitarlo.
Di otra calada y dejé caer algo de ceniza en el cenicero. Era un movimiento mecanizado, pero en esos momentos le prestaba una atención suma. Como si fuera muy importante.
-¿Crees que algo cambiaría si no pudieras evitarlo?
-Sí-dije de inmediato.
Nos quedamos en silencio un rato. Mientras, el cigarrillo seguía consumiéndose inevitablemente.
-La vida se puede comparar a veces con un cigarrillo. Llega entera, completa, con un sabor, un color, unas características y se enciende la llama. Ésta va quemando todo cuanto encuentra, convirtiendo lentamente el cigarro en ceniza. La rapidez, la funcionalidad, el provecho de ese cigarro sólo lo saca quien lo fuma-dijo cogiendo uno y tomándolo entre los dedos, con suavidad-. Sólo quien lo fuma conoce su sabor, su olor, su gusto, su tacto y sólo quien lo desea intensamente lo aprecia con todas sus ganas. Sólo quien sabe que es efímero y que tiene finitud da las caladas más placenteras y lanza el humo más espeso y blanco. Sólo un fumador de verdad da sentido a un cigarrillo.
Estaba a punto de apagar el mío mientras daba la penúltima pitada.
-Tú puedes hacerlo-dijo y sonrió alegremente-. Cuando lo apagues piensa en todo lo que hemos hablado-me miró con más intensidad que nunca-. Cuando termines de hundirlo en la ceniza, mírame a los ojos.
Solté el humo de la última calada y apagué el cigarro. Lo apagué bien, hasta que no humeara más. Levanté entonces la vista para cumplir con sus deseos. Y lo único que vi fue mi imagen reflejada en un espejo. El espejo que siempre había estado detrás de la silla vacía de enfrente.
-Tres cigarrillos y muerte-pensé y dije en voz alta-. Ahora todo ha cambiado.

                                                         


                                                                                                             Walter G. van Diest.-


10 comentarios:

Luciano dijo...

Me sorprendió el final, está muy bien

¡Buen domingo!

MC. dijo...

Gracias Luciano! a mi me pasó lo mismo

buena semana :)

Humberto Dib dijo...

Sé que los relatos largos en el universo bloguero es casi mala palabra, pero en este caso la extensión es fundamental para general el clima que lleve a ese final sorprendente.
Muy bueno.
Un fuerte abrazo.
HD

Ricardo Miñana dijo...

Tu relato se volvió inquietante al final.
que tengas un feliz semana.
saludos.

David C. dijo...

Existencialistas diàlogos.
Saludos
David

MC. dijo...

Gracias Humberto por tomarte el tiempo y por tus palabras sobre el relato.
Abrazos!

Ricardo bienvenido! ya pasé a recorrer tus blogs también, feliz semana!

David muchas gracias por pasar :)
siempre presente, saludos!

Marianita dijo...

Quedé sorprendida, pensaba leer por arriba, como para tener una idea sobre que trataba, pero me atrapó hasta el final. Muy bueno.

MC. dijo...

Grande Marian!! que bueno que te enganchara, me alegra verte por acá!! :)

Anónimo dijo...

También me resultó inquietante, muy buenas las descripciones, difícil no quedarse pensando, ya recorrí los otros relatos de Walter, no tienen desperdicio, gracias y espero por más.

Un abrazo, Dany.

MC. dijo...

Dany, me alegro que te gusten, y sí suele pasar que uno se queda pensando con sus relatos :)
Un abrazo.