sábado, 28 de mayo de 2011

Asesino - (fragmento) - de Walter Germán van Diest.

En el día de su cumpleaños número 18, quiero compartir una pequeñísima parte de uno de sus libros, pero antes de que empiecen a leer tienen que conocer las instrucciones.. bueno no es muy difícil, cuando lleguen a la parte donde hay un enlace muy discreto y sutilmente remarcado en amarillo, tienen que hacer clic y... sorpresa! eso sí, dejen esa página en segundo plano y vuelvan a leer!!

Día 1

Corría. Se creía que se iba a escapar. Tiró una cómoda con una lámpara. El estruendo rebotó por las paredes del pasillo. Se le escuchaba jadear desde mi posición. Avancé. Pisé los cristales. Llegó al comedor. Me miró desde el umbral. En su cara se reflejaba el temor. Se dio la vuelta rápidamente. Intentó arrancar a correr nuevamente pero resbaló y cayó de rodillas. Di dos grandes pasos y ya le tenía. Saqué el cuchillo y la hoja brilló con el reflejo de la luz lunar. Arqueé el brazo y lo bajé violenta y rápidamente. Se escuchó el tejido romperse. Tanto el de la ropa como el de la piel. Puse el pie sobre su espalda e hice fuerza. Cayó al suelo. Pronto empezaría a gritar.
Me acerqué al equipo de música. Lo encendí y apreté el botoncito que abría la disquetera. Introduje el CD que guardaba en la chaqueta. Le di al “play”.  El Réquiem “Dies Irae”de Verdi empezó a sonar. Miré a mi víctima.
-Buenas noches senador.
Me acerqué a él lentamente, junto con la música. El cuchillo goteaba sangre sutilmente. Le propiné una patada en la boca. El coro empezó a cantar. Me abalancé sobre él y hundí el cuchillo en su pecho. Intentó resistirse pero estaba muy debilitado. Probó con gritar, pero las notas tapaban sus chillidos. Pegaba puñetazos a diestro y siniestro. Ninguno me alcanzaba. Las trompetas sonaban, asesinamente. Me coloqué mejor encima de él. Comencé a apuñalarle más veces. Cada vez que el cuchillo entraba notaba menos resistencia. Cada vez que salía la sangre hacía ruido, brollando. Pronto se quedó sin energías. Sólo sus ojos me miraban, próximos a un rigor mortis. Ahora ya no veía miedo, me había reconocido. Movía el cuchillo haciendo formas y divirtiéndome. Reía junto con la música, cada vez más alta, cada vez más viva. Era una perfecta ironía.
Hacia el minuto el ritmo disminuyó. Yo me levanté, completamente empapado en sangre. Miré la hora en el reloj digital. Eran las tres y veinticuatro. Tenía mucho trabajo y tiempo por delante. Me saqué los guantes y cogí la bolsa que tenía en el bolsillo de la chaqueta. Los metí junto con el cuchillo. Una amplia sonrisa me recorría la cara. Había hecho un buen primer punto. Rápido y limpio.
Di unos cortos pasos hacia el centro de la estancia y aparté la mesa de cristal. Luego el sofá. Me arrodillé en el suelo lentamente. Apoyé en el suelo los utensilios que necesitaba. Un bisturí, una pluma grande y un pañuelo blanco. La luz que me proporcionaba la luna era magnífica. Detrás de la puerta de cristal que separaba el comedor del jardín estaba el perro, que afectado por los narcóticos me miraba apaciguadamente. Cogí la pluma y la posé sobre el cuerpo del senador para que se empapara de sangre. La moví un poco entre su ropa y sus heridas abiertas. La sangre había hecho algo así como pequeños lagos en su pecho. La levanté, ya se había mojado suficiente. Empecé a escribir en el suelo.

Vuestro honor no lo constituirá vuestro origen, sino vuestro fin.

                                  escrito por  Walter Germán van Diest.



  obra registrada Safe Creative #1108189887579

2 comentarios:

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